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A 72 horas de las marchas convocadas por el campo y el Gobierno, la guerra de escraches se trasladó a la vía pública. En avenida Santa Fe, aparecieron distintos afiches con las caras de los legisladores nacionales que votaron el proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, que incluye la Resolución 125, que lleva las retenciones del 35% al 44% móvil.
"Estos diputados no votaron por la Constitución, votaron por sus bolsillos", señala el afiche que muestra los rostros de distintos legisladores del Frente para la Victoria (FpV). El escrache que acusa a los congresistas de "traidores", se enmarca en la escalada de violencia que incluye distintas agresiones a dirigentes oficialistas y del campo.
Frente a la casa del diputado kirchnerista Alberto Cantero, en la ciudad de Río Cuarto, aparecieron pintadas y leyendas. El legislador acusó a la Sociedad Rural. El presidente de Federación Agraria (FAA), Eduardo Buzzi, en tanto fue increpado por jóvenes de la Unión de Estudiantes Secundarios en Rosario.
El clima de enfrentamiento pareciera incrementarse de cara a los actos del próximo martes, que los dirigentes del campo y el Gobierno convocaron en el Monumento a los Españoles y frente al Congreso de la Nación, respectivamente.




Acallados por ahora, los ruidos de las furiosas cacerolas, podemos identificar un fenómeno que se viene dando en la Argentina de los últimos días.
Además, este fenómeno se cristaliza inclusive en los medios de comunicación que a estas alturas ya no saben que poner de titular en sus placas.
Si el paro es de los ruralistas, o de los transportistas, o de ambos. Si los que cortan las rutas son los ruralistas o los transportistas o los pueblos. La primera verdad que podemos vislumbrar es que el panorama, vaya contradicción, es poco claro.
Sumado a esta falta de claridad sobre quién es quién, se suma la idea de quién pelea por qué cosa. Si los ruralistas pelan por las retenciones, por las economías regionales, por la leche, por la carne, ó por un país más federal con descentralización de la billetera y con mayor autonomía para los gobernadores e intendentes. Quizás por todo eso, o quizás para sumar argumentos con el objetivo de legitimar su reclamo sobre las retenciones. La verdad es que todo sigue siendo poco claro.
A todo esto, los transportistas están y no están con el campo. Están porque creen (sino todos, al menos, una buena parte) que el reclamo es legítimo y el gobierno se excedió en las retenciones. No están porque, por culpa de su paro, los transportistas alegan que no tienen trabajo y están sufriendo las consecuencias. A estas alturas se puede imaginar el serio problema en el que se encuentra el asistente de un noticioso que tienen que colocar el epígrafe a una nota.
Todo esto por el lado de los sectores que reclaman. Sin embargo, por el lado del Gobierno, los enchastres ideológicos y de percepciones sobre los sectores no hacen sino colaborar con la confusión general sobre el conflicto. Si De Angeli es un golpista, porque sale diciendo que quiere que Cristina finalice su mandato y pidiendo paz en las protestas. Porque si Aníbal y Alberto Fernández salen a manifestar que si la gendarmería debiese actuar, lo hará sin violencia, después las imágenes nos devuelven espaldas moradas de golpes de bastones. Porque si es una supuesta luchas de ricos contra pobres, hay gente humilde que pelea a favor del campo y gente de buen pasar económico apoyando al Gobierno. A pesar de ser repetitivo, afirmo que todo sigue siendo poco claro.
Ahora bien, en lo personal, creo que algo es claro. Argentina es un país joven que está empezando a crecer en lo que comúnmente se conoce como institucionalidad. Los cacerolazos, más allá de apoyar a uno u otro sector, pusieron en agenda una cuestión central en la definición de un país: La limitación en el uso del poder y la necesidad de resolver las diferencias en un marco de diálogo institucionalizado. El reclamo generalizado, más allá de ciertas particularidades, fue diferente al de 2001 en este sentido. La idea no era que Cristina se fuese o que todos se fuesen, sino el diálogo. El diálogo como constructor de futuro, el diálogo como posibilidad de consensuar disensos. El basta a una forma de ejercer el poder y de resolver conflictos.
Todos estos no son sino síntomas que nos hacen ver que hemos pasado de una etapa de niñez que, tal cual niño caprichoso, cambiábamos de gobierno durante todo el siglo 20, bien ahora entramos a la adolescencia, donde pedimos explicaciones por todo y el argumento debe ser racional y sin arbitrariedades. En palabras de una psicopedagoga, el adolescente no tolera las injusticias.
Esperemos que sigamos creciendo, sin violencia y entendiendo que el diálogo y sólo el diálogo es lo que permite crecer.
Daniel Roura
© La Voz del Interior



El discurso de ayer de Cristina tensó los ánimos sociales de una forma distinta a como venía ocurriendo con el discurso virulento y agresivo de Nestor Kirchner. Si el discurso del marido le había permitido construir autoridad desde un piso de legitimidad muy bajo; el discurso agresivo y prepotente de CFK, minó sus bases de poder, de una forma acelerada. Bachelet tuvo más cintura, y humildad republicana, para afrontar la crisis que vivió a principios de su gestión. La lectura del oficialismo fue errada. Y repito, no me refiero a las retenciones como medida económica; sino como discurso político legítimo generador de consensos sociales. El Gobierno se comportó como siempre; como lo había hecho en Santa cruz y como lo venía haciendo en la Nación. Pero dos cosas habían cambiado en la sociedad argentina y en los juegos de poder.
Por primera vez el Gobierno K se enfrenta a un enemigo poderoso. Los anteriores eran débiles, fragmentados e inventados. Los militares nunca fueron una amenaza al Kirchnerismo, los piqueteros fragmentados-cooptados de los primeros tiempos tampoco. Shell es una minifundista comparada con las cuatro entidades del campo. Y nunca se le opuso al gobierno abiertamente.
La conflictividad social desde el 2003 al 2007 fue organizada desde Casa de Gobierno. Kirchner llamaba a D´Elia y allí iba la guardia a boicotear a los enemigos de turno.
El Gobierno Todopoderoso equivocó al enemigo y lo fortaleció de una manera impensada 15 días atrás. Hoy el campo concita apoyo en amplios sectores de la sociedad (Y no solo en las clases medias altas o en los dueños de campos). Concita apoyo, no por que el Estado Argentino sea un Estado socialista (o comunista) en la recaudación; sino porque seguimos siendo un país tercermundista y populista en la distribución. El largo camino a la pobreza argentina, resulta garantizado cuando la rentabilidad es un botín público del que se puede meter mano sin dar motivos racionales, explícitos y de cara a la sociedad, en el caso de que sea necesario meter mano.
El segundo dato de la realidad que el Gobierno pasó por alto, es el cambio que se fue operando en la sociedad en los últimos años. Y creo que ésta es la razón de la movilización espontánea, masiva y legítima de ayer. El crecimiento económico de los últimos años hizo que las expectativas y los límites de lo aceptable, lo deseable y lo tolerable por los argentinos hayan cambiado. Tras cinco años de crecimiento a más del 8%, es lógico que las prioridades o las demandas de la sociedad cambien. La famosa pirámide de Maslow lo señala: Una vez que determinadas necesidades básicas son satisfechas, se pasa al escalón siguiente. Que una vez satisfecha, vuelve a ser el piso para dar un nuevo paso a otro escalón.
Cristina habló ayer de “piquetes de la abundancia”. La corrijo: No se trata de abundancia. Se trata de rentabilidad por el trabajo y el uso de la tierra. Comunicación errónea, que hirió a la sociedad, no en su legítima búsqueda de rentabilidad, sino en su autonomía como ciudadanos. La reacción de los habitantes de los grandes centros urbanos (los pueblos y zonas rurales vienen movilizados desde antes) fue por la prepotencia del discurso. No prepotencia de gritos, (de hecho el tono fue cuidado y medido), sino prepotencia de negación de la legitimidad del otro. El otro no tiene legitimidad ni derecho para protestar, para plantear, para disentir. Se lo debe todo al poder central y no hay nada peor para el poder central que la exhibición de autonomía. La autonomía y la dignidad es provocación y amenaza. Comportamiento lindante al autoritarismo y alejado de los conflictos básicos de la convivencia en una República.
Si el discurso fuerte y de clausura de Néstor Kirchner en la Argentina del 2003 trajo tranquilidad a muchos sectores, como dijo el semiologo Steimberg; la misma línea discursiva de Cristina Kirchner en la Argentina del 2008 resulta insoportable. Satisfechas determinadas necesidades y en un clima de inflación y desabastecimiento, la soberbia discursiva incomoda, irrita y provoca. Como ocurrió ayer.
El Gobierno Nacional tiene la tendencia a creer demasiado en la capacidad del discurso para constituir la realidad. No digo que así no sea. Pero creo que se exceden en voluntarismo de gruesas pinceladas impresionistas para ocultar la realidad del día a día. Que Cristina no hable de la inflación en el Congreso, cuando es la principal demanda de la gente, no hace desaparecer a la inflación. Solamente expresa la distancia entre el discurso político y las sensaciones de la opinión pública.
Esa distancia se hizo conflicto ayer. El divorcio no parece inmediato. Pero son necesarios urgentes ajustes. La sociedad argentina es compleja y no es la misma que los recibió hace cuatro años huyendo de los brazos de Menem. El desabastecimiento, la escalada inflacionaria que se avecina, la insensibilidad y ceguera del discurso oficial, las patotas desprolijas de choque, no son alentadores. Hasta el momento, la protesta ha sido racional. La palabra oficial debe volver a contener ese malestar y no apretar el cuello, agravando el dolor.
La noticia de ayer, avanzada la noche, fue que Cristina viajó por tierra a Olivos. Ojala lo siga haciendo, sin cortes y sin helicópteros.
Pablo Ariel Cabás