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El proyecto de reforma política que promueve el Gobierno tiene otro aspecto que a medida que empieza a leerse la letra chica de la ley provoca más dudas.
Se trata de la prohibición de difundir encuestas electorales desde 15 días antes de los comicios y, en general, toda la regulación que establece en torno a los sondeos.
Según el articulado de la iniciativa kirchnerista, las consultoras que "deseen hacer públicas por cualquier medio encuestas de opinión o prestar servicios a las agrupaciones políticas [capítulo II, Art. 86]" deberán primero anotarse en un registro ante la Cámara Nacional Electoral.
Además, durante la campaña, tendrán que presentar un informe de cada trabajo que realicen, en el que deberá constar quién los contrata, todos los detalles técnicos de la encuesta y cuánto cobraron por hacerla.
Esta información "será publicada en el sitio web de la Justicia Nacional Electoral para su público acceso por la ciudadanía", dice el proyecto.
Los referentes de la Coalición Cívica y la UCR habían pedido esta medida de control de las empresas de sondeos en las últimas elecciones, porque sospechaban que las encuestadoras contratadas por el Gobierno y por Unión Pro tendían a beneficiar a sus clientes con sus números.
Sin embargo, para algunas ONG que trabajan por la transparencia, el control es excesivo, sobre todo por las sanciones previstas en la ley: cualquiera que incumpla la normativa no podrá inscribirse en el registro de encuestadores (es decir que no podrá trabajar) "por un período de entre dos y cuatro elecciones".
Los costos
La medida también fue rechazada por la mayoría de las consultoras. "Es violatorio de la confidencialidad de una profesión liberal y no hay razones que justifiquen semejante exigencia. Es la AFIP la que debe tener la información del monto de las facturas, y no el Gobierno; no es correcto ni ético hacer publicidad con un cliente", apuntó Graciela Römer.
Pero sin dudas el artículo que provoca más críticas es el 87, que dice que "15 días antes de las elecciones ningún medio de comunicación [...] podrá publicar resultados de encuestas o sondeos de opinión, o pronósticos electorales, ni referirse a sus datos".
Para Fabián Perechodnick, director de Poliarquía, se trata más que nada de una restricción para los medios. "Nosotros seguiremos realizando trabajos, pero no les dejarán a los medios publicarlos", sostuvo. La directora de Poder Ciudadano, Delia Ferreira Rubio, consideró que la norma "atenta contra la libertad de expresión", porque es una prohibición que pesará más que nada sobre los medios, que no podrán ni siquiera "referirse a los datos" de las encuestas, algo impensado en las mayores democracias del mundo.
Fuente: La Nación

BERLIN.? Con el 33,8% de los votos, la canciller conservadora Angela Merkel obtuvo ayer una clara victoria en las elecciones legislativas alemanas que le permitirá formar un gobierno de coalición de centroderecha con el Partido Liberal Demócrata (FPD) de Guido Westerwelle, que obtuvo el 14,5 por ciento.
En los próximos cuatro años, la nueva coalición imprimirá al país un giro a la derecha, sobre todo en materia económica: ambos líderes son partidarios de desregular el mercado laboral para facilitar las contrataciones y despidos, reducir los impuestos por un total de 22.000 millones de dólares y potenciar la producción de energía nuclear.
Conforme a la alquimia de poder que existe en Alemania desde 1949, el líder del principal aliado, en este caso Westerwelle, será vicecanciller y ocupará la cartera de Relaciones Exteriores. Los rumores que circulaban intensamente en el majestuoso edificio donde tiene su sede la democracia cristiana indicaban que el aristócrata Karl-Theodor zu Guttenberg, de 37 años, considerado la gran esperanza del partido, conservará el Ministerio de Finanzas.
Los grandes derrotados ayer fueron los socialdemócratas (SPD), que obtuvieron apenas el 23% de los sufragios, su peor resultado desde la fundación de la Alemania moderna, en 1949. "Es un día amargo para el SPD", reconoció el líder partidario, Frank-Walter Steinmeier, al analizar las cifras que sellaron el final de la Gran Coalición democristiana-socialdemócrata que gobierna el país desde 2005.
En tanto, los Verdes obtuvieron el 10,2% y la Izquierda de Oskar Lafontaine confirmó su potencial al superar el 12%.
"Hemos logrado nuestro objetivo de obtener una mayoría estable y de poder formar gobierno con los liberales", proclamó la canciller, de 55 años, pocos minutos después de conocer los resultados de unas elecciones que registraron la participación más baja de la historia.

Dejó estallar su felicidad al afirmar: "Creo que esta noche podemos darnos el lujo de festejar". Hasta esa frase, aparentemente anodina, anticipó el espíritu de austeridad que caracterizará su próximo gobierno.
La euforia de la victoria no permitió ocultar la importante disminución del caudal electoral que sufrió la histórica alianza que forman la Democracia Cristiana (CDU) y su rama bávara de la Unión Social Cristiana (CSU). El 33,8% que permitió la reelección de Merkel representa el peor resultado de su partido en los 60 años de historia de la Alemania moderna. La CDU perdió 8,8% en relación con las últimas elecciones, hace cuatro años. La nueva coalición con los liberales, surgida de las urnas ayer, cuenta con el respaldo de apenas el 56% del electorado, cifra extremadamente baja comparada con el 69% que totalizó en 2005 laGrosse Koalition de la CDU con el SPD, o el 77% que reunió la alianza roja-verde (SPD-ecologista) formada en 2002 por Gerhard Schröder y Joschka Fischer.
Los principales beneficiarios de ese sorpresivo desplazamiento del electorado son los liberales, que ganan alrededor de cinco puntos con respecto a 2005. Die Linke (la Izquierda), por su parte, mejoró su caudal en cuatro puntos.

El líder liberal Guido Westerwelle, gran vencedor de la jornada, declaró que su partido está "preparado" para "asumir la responsabilidad" de gobernar. El dictamen de las urnas confirmó el retroceso de las grandes formaciones que dominaron la política de posguerra y el crecimiento de los pequeños partidos. Desde 1949, el poder en Alemania estuvo monopolizado por la democracia cristiana y la socialdemocracia y la presencia marginal de los liberales.
"Es el final de la época dominada por los partidos populares", sentenció el politicólogo alemán Peter Loesche, para quien el nuevo sistema de cinco partidos convirtió las elecciones en "una lotería".
A partir de 2002 aparecieron los Verdes, y desde 2005 la coalición de izquierda Die Linke introdujo un componente desconocido hasta ese momento en Alemania.
La consolidación de los pequeños partidos permite pensar que en el futuro el paisaje político alemán podría fragmentarse cada vez más, siguiendo una tendencia que registran otros países europeos.
Esa evolución es también una consecuencia del final de la polarización de la Guerra Fría, que subsistió hasta una década después de la caída del Muro de Berlín, en 1989.

La influencia de los electores de la ex Alemania del Este después de la reunificación oficialmente proclamada en 1990 explica en buena medida el crecimiento de Die Linke. La coalición que dirige Lafontaine reúne el ala izquierda y los sectores obreros de la socialdemocracia y los comunistas reciclados de la ex Alemania Oriental a imagen y semejanza de sus dos principales dirigentes. Lafontaine fue el primer ministro de Finanzas que tuvo Schröder cuando llegó al poder en 1998, pero renunció estrepitosamente seis meses después para protestar contra el giro a la derecha del gobierno socialdemócrata.
El nuevo partido la Izquierda triplicó su caudal en las últimas tres elecciones: pasó de 4,0% en 2002 a 12,2% en 2009.
El Partido Nacional Democrático (NDP), de ultraderecha, fracasó una vez más en reunir el mínimo de 5% que exige la ley electoral para obtener una representación parlamentaria.
En esta recomposición del tablero político alemán, la principal fuerza es el llamado "partido de los abstencionistas": la participación electoral tuvo un nuevo mínimo histórico: 72,5%.
La velada electoral concluyó a las 21. Una hora después, las calles de Berlín estaban vacías y el país se preparaba, como si nada hubiera pasado, a abrir una nueva página de su historia.
Fuente: La Nación

A pesar de su apariencia trivial, la llegada de los liberales al poder en un gobierno de coalición dirigido por la canciller democristiana Angela Merkel representa una verdadera revolución en el plano político interno, en materia económica e incluso a nivel internacional.
En el plano interno, la derrota socialdemócrata puso término a la alianza contra natura que gobernó la primera potencia económica de Europa entre 2005 y 2009. Al mismo tiempo, abrió el camino a una coalición ideológicamente más coherente entre la democracia cristiana y el Partido Liberal Demócrata (FDP) de Guido Westerwelle.

En la liturgia política germana, a las alianzas entre la democracia cristiana y los socialdemócratas se las denomina Grosse Koalition (gran coalición), mientras que a los gabinetes de la CDU con el FDP se los califica, casi peyorativamente, Kleine Koalition (pequeña coalición). Esta vez, sin embargo, el Gulliver que salió de las urnas puede dar pasos de gigante en un continente y en un mundo transformado por la crisis más grave que conoció el planeta desde la Gran Depresión de 1929.
Este cambio amenaza con introducir modificaciones revolucionarias en el tradicional modelo de concertación social surgido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Ese modus vivendi garantizó la paz social y la doble reconstrucción que vivió el país en los últimos 60 años: el milagro económico de la posguerra y el alto precio que demandó la reunificación a partir de 1990.
Para evitar que los sacrificios penalizaran a un solo sector de la sociedad, el modelo de concertación exigía, tácitamente, un acuerdo tripartito entre gobierno, empresarios y sindicatos socialdemócratas. La llegada del impetuoso Westerwelle al poder puede provocar una reorientación económica radical sin pasar por la mesa de negociación.
Durante la campaña, Merkel se comprometió a resistir la aplicación de las medidas más ultraliberales del programa del FDP, como la reforma brutal del impuesto sobre los ingresos o una supresión del salario mínimo que existía en los principales sectores de la producción. Pero, como todo el mundo sabe, a las promesas de campaña se las lleva el viento.
Por razones tácticas, el cambio puede postergarse hasta mayo de 2010, fecha en que se debe renovar el parlamento de Renania-Westfalia. Pero después de ese momento es probable que la nueva coalición decida aplicar la promesa de bajar los impuestos a las ganancias de las empresas a tasas de 10 a 25%, contra 30% en la actualidad. Westerwelle también desea una reducción impositiva por un total de 22.000 millones de dólares que beneficiará en particular a la clase media. Como paladín de las pymes, está decidido a promover esas empresas que constituyen la espina dorsal de la economía alemana.


Otra medida crucial del programa liberal es la promesa de desregular el mercado laboral para facilitar las contrataciones y despidos.
Ahora que desaparecieron las reservas socialdemócratas, Angela Merkel y los liberales podrán prolongar a través del Parlamento la duración de vida de las centrales nucleares productoras de energía eléctrica a fin de reducir la dependencia del petróleo y facilitar un tránsito sin traumatismos hacia las nuevas energías renovables.
Ese reajuste político naturalmente significará poner el esfuerzo en las necesidades internas del país, un cambio capaz de aislarla de sus aliados europeos. El eventual repliegue de la primera potencia económica de Europa no es un acontecimiento insignificante porque puede incidir en la orientación general de la Unión Europea (UE). Este punto es tanto más importante que, como responsable de la diplomacia alemana, Westerwelle será el encargado de negociar con los otros 26 miembros de la UE.
Una primera contradicción interna, que afectará la política europea de Alemania, será la posición con respecto al ingreso de Turquía. Los liberales consideran que ese gigante no está "maduro" para ingresar en la UE. La candidatura turca cuenta con la simpatía de la democracia cristiana, pero no será fácil para Merkel vencer la oposición liberal.
Este es probablemente uno de los pocos puntos de política exterior en que los liberales no están de acuerdo con Estados Unidos. En otro aspecto crucial, la nueva alianza parece decidida a mantener la presencia de Alemania en Afganistán.

La Casa Blanca, en cambio, probablemente tenga grandes dolores de cabeza en materia económica, porque ni Merkel ni Westerwelle están demasiado decididos a apoyar los planes globales de reactivación que reclama el presidente Barack Obama. La canciller se resiste desde hace tiempo a lanzar nuevos programas de estímulo: "En lugar de dar consejos, sería más prudente que Estados Unidos se ocupara de sus déficits", declaró recientemente. Los liberales no hubieran dicho otra cosa.
Todo ese panorama parece indicar que Alemania entrará en una nueva fase de su historia gracias a esta coalición más coherente que la precedente en materia ideológica. El problema más grave que tendrá Merkel, si quiere seguir manteniendo su popularidad, es ver cómo controlar los ímpetus de su aliado Guido Westerwelle y sus ideas ultraliberales, muy difíciles de asumir en tiempos de crisis.
Fuente: La Nacion
