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domingo, 3 de octubre de 2010

Populismo de derecha en Europa. Ante el discurso del miedo

Son carismáticos, aprendieron a medrar con el temor a la inmigración musulmana y se dicen defensores de los valores europeos. Los populistas de derecha, una versión renovada de la vieja guardia xenófoba, son un fenómeno político en ascenso que con su discurso islamofóbico, en plena crisis económica, suma voluntades y ya preocupa a las fuerzas moderadas.

Es un político que dice no tener nada contra los musulmanes y que sólo odia al islam. Es un hombre carismático, de pelo rubio, casi blanco. Es elegante y elocuente, el tipo de político que llena de temor a los partidos políticos mayoritarios.

Se trata de Geert Wilders, un político holandés de una estirpe que se extiende por el continente: un populista que alienta el odio contra el islam y contra el establishment, y que les ha quitado muchos votos a los partidos tradicionales de su Holanda natal. Tantos, que estos partidos prácticamente no pueden formar gobierno sin darle una participación en el poder.

Wilders es la figura central de un movimiento que crece en Europa desde hace años, que se extiende por los parlamentos y los gobiernos, y que ha logrado tanto la prohibición de los minaretes en Suiza como de los burkas en Bélgica. Es una especie de rebelión popular contra el islam, encabezada por políticos y periodistas de derecha, que se presentan como gente dispuesta a expresar un sentimiento que nadie se atreve a transmitir: que los musulmanes socavan las bases de Europa y que es necesario salvar a Occidente.

Wilders ahora tiene un émulo incluso en Alemania, donde el populismo de derecha no tenía todavía un marco partidario: René Stadtkewitz, de 45 años, un hombre bien vestido, de pelo corto, expulsado hace poco del comité berlinés de la Unión Demócrata Cristiana (UDC), de centroderecha, a la que representó en el Parlamento de Berlín. Ahora fundó un nuevo partido, Die Freiheit (Libertad), inspirado en el Partido de la Libertad, de Wilders.

Mientras come un cuscús marroquí en el comedor del Parlamento local, Stadtkewitz dice que el reclamo de "Geert" de que se imponga un impuesto al velo islámico en Holanda es una gran idea. "El islam será una religión -dice-, pero principalmente es una ideología que se opone a todo lo que nos importa." Pero Stadtkewitz está apurado. Está por dar un tour de Berlín a la TV holandesa. Quiere mostrarles la sociedad musulmana paralela que, supuestamente, los medios alemanes ocultan.

También en Alemania, un nuevo libro de Thilo Sarrazin, un político controvertido que forma parte de la socialdemocracia, de centro-izquierda, ha generado un fuerte debate: describe a los inmigrantes musulmanes como una amenaza mortal para Alemania. Desde que se publicó el libro y fue recibido con aprobación por el público, muchos columnistas, académicos y políticos se han preguntado si Alemania seguirá siendo la excepción en términos de su arco político: es, hasta ahora, el único país de Europa occidental que no tiene un partido populista de derecha que actúe como pararrayos de la ira popular contra el islam y el establishment político.

En los últimos meses, los partidos populistas de derecha impidieron la elección de gobiernos con mayorías parlamentarias propias en tres países de la Unión Europea: Bélgica, Holanda y, más recientemente, Suecia. Si bien los populistas en este último país solo captaron el 5,7% de los votos, eso les bastó para privar a la coalición de centroderecha en el poder de una mayoría absoluta. Estos tres países fueron conocidos por mucho tiempo por su liberalismo, pero ahora están ganando influencia allí partidos que ven al islam como "nuestra mayor amenaza extranjera desde la Segunda Guerra Mundial", según afirmó Jimmie Akesson, presidente de los demócratas suecos, de 31 años.

Los partidos populistas de derecha han sido parte de gobiernos de coalición en Italia y Suiza desde hace años, y tienen escaños en los parlamentos de Dinamarca, Austria, Noruega y Finlandia. El Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen ganó el 9 por ciento de los votos en las elecciones regionales francesas de la última primavera boreal, con una campaña antiislámica. En marzo, la Liga del Norte italiana ganó el control de las regiones de Venecia y Piamonte. Durante la campaña, sus simpatizantes entregaban muestras de jabón para lavarse, según decían, "después de haber tocado a un inmigrante".

El poder de la islamofobia

El populismo de derecha no es nada nuevo. Ha sido una presencia constante desde hace 30 años en muchos países europeos, a veces exitosa y otras veces, no. Lo que es nuevo, sin embargo, es que los populistas de derecha han descubierto una cuestión que impacta mucho más en los votantes que el odio habitual contra los extranjeros y la clase política. Encontraron un poderoso argumento en la resistencia a la creciente presencia del islam en Europa. Se presentan como los defensores de los valores europeos y, sin embargo, tanto a ellos como a sus votantes parece importarles poco que algunos de esos valores, como la libertad religiosa, se vean pisoteados por su acción.

El temor a que los inmigrantes musulmanes puedan cambiar el carácter de la sociedad europea cala hondo. Según las encuestas de opinión realizadas en Alemania, alrededor de tres cuartas partes de los entrevistados dicen estar preocupados por la influencia del islam. Y sentimientos similares se expresan en otros países, a pesar de que la emigración hacia Europa viene declinando desde hace años.

Algunas prácticas bárbaras en ciertos países islámicos -donde se obliga a las mujeres a usar burkas, se persigue a los gays y lesbianas y se lapida a las adúlteras, todo en nombre de la religión- sin duda son profundamente contrarias a los valores europeos modernos. Y no hay duda de que muchos países enfrentan serios problemas con la integración de los inmigrantes. Pero estas cosas por sí solas no explican la inquietud generalizada, que más bien surge del hecho de que los partidos tradicionales no han dado a sus votantes la sensación de que están atendiendo a estas cuestiones. La crisis económica también intranquiliza a la clase media: Europa está envejeciendo y otras regiones del mundo la están alcanzando. Muchos están preocupados por el futuro en un mundo globalizado, en el que cambia el equilibrio de poder.

El populismo de derecha está encontrando en el temor a la inmigración musulmana un discurso con eco en el electorado . Foto:AFP PHOTO/ LEON NEAL
* * *

En los países del norte de Europa, en particular, el ascenso de los populistas va de la mano con la declinación del apoyo a los partidos socialdemócratas de centroizquierda. Esto se debe en parte a que los inmigrantes son tan proclives como cualquier otro sector a abusar del Estado de bienestar social que promueven los partidos socialdemócratas. Pero también es producto de que los partidos tradicionales se han empantanado con los detalles de la política de integración.

Han creado especialistas en integración, oficinas de inmigración y conferencias de integración, pero han perdido de vista las preocupaciones de los ciudadanos. Y como además están a favor de la libre expresión, el feminismo y el secularismo, son incapaces de defenderse de los populistas de derecha, que citan los mismos valores en sus batallas contra el velo, los minaretes y las mezquitas. La única diferencia es que los populistas se hacen escuchar más y simplifican las cuestiones a tal punto de que sus posiciones parecen lógicas.

Los demócratas suecos, que tienen su origen en la extrema derecha, han aprendido de los populistas de derecha modernos como Wilders, al igual que el Partido del Pueblo danés (DF) y su presidenta, Pia Kjaersgaard. En su reciente campaña electoral, los demócratas suecos presentaron un aviso televisivo polémico: muestra a una mujer mayor que camina con dificultad con su andador con ruedas y casi es atropellada por mujeres con burkas, también con andadores. Las mujeres con burkas van apuradas hacia un escritorio en que un cartel reza: "Presupuesto del Gobierno". Una voz dice: "El 19 de septiembre puede apretar el freno a la inmigración en vez del freno a la jubilación".

Enfrentar a los inmigrantes con los jubilados es una de las tácticas de Wilders. Une políticas de izquierda y de derecha, la islamofobia y el temor a la explotación del Estado de bienestar social. "Es uno de nuestros mayores éxitos esto de combinar ser conservadores en términos culturales, por un lado, e izquierdistas en otras cuestiones", dice Wilders, que dice estar en contra de la inmigración, pero "que tiene cálidos sentimientos en favor de los débiles y las personas mayores."

Wilders fue uno de los primeros políticos en utilizar sistemáticamente el islam como tema, y muchos han seguido su ejemplo. Es llamativo que el movimiento antiislámico no se pusiera en marcha inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, aunque sin duda fueron el principal factor detrás de la actual incertidumbre y temor al terrorismo islámico. El movimiento recién ahora llega a su clímax.

A primera vista, esta nueva derecha tiene poco en común con la vieja derecha, aunque el primer político europeo de extrema derecha que comenzó a atacar a los musulmanes lo hizo en las décadas del 70 y 80. Se trata de Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional francés. Le Pen hizo carrera como alguien ajeno al establishment, enojado con las fuerzas mayoritarias. Era primitivo y anticuado, a menudo racista y antisemita, pero logró cambiar el paisaje político de Francia. En la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2002 obtuvo incluso más votos que el candidato socialista, Lionel Jospin. Fue un shock para la elite francesa.

Desde entonces, lo sucedido en Francia se repitió en muchos otros países, en que los partidos tradicionales han buscado marginar a la extrema derecha: los políticos centristas se corrieron a la derecha. Fue el caso en Dinamarca, donde el Partido del Pueblo danés ha dado su apoyo parlamentario a un gobierno de minoría de la derecha y los liberales desde 2001. Y si bien los populistas no integran el gobierno, Dinamarca ha endurecido en buena medida sus leyes de inmigración.

Cuando Nicolas Sarkozy comenzó su campaña en 2007, era difícil distinguir parte de su retórica de la de Le Pen. Sugirió, por ejemplo, que la gente que "mata ovejas en sus bañaderas" no es bienvenida en Francia, y ganó la elección arrastrando votos de la derecha. Ahora Sarkozy probablemente se vea confrontado pronto con un nuevo Frente Nacional, una versión menos estridente pero quizá más peligrosa de esa fuerza. Marine Le Pen, hija del fundador del FN, hará campaña por la presidencia del partido y piensa convertirlo en una fuerza capaz de apelar también al centro político.

Marine Le Pen se presenta como no dogmática e intelectual. Usa trajecitos de ejecutiva y da besos en sus apariciones de campaña en los mercados del área metropolitana de París. "Quiero unir a todos los franceses", dice. Al mismo tiempo, igual que Wilders, lanza diatribas contra el burka y la islamización. Ella también advierte que la islamofobia da mejores resultados que la xenofobia tradicional.

Le Pen representa una amenaza para Sarkozy, cuyo giro a la derecha este año revela cuán en serio toma esa amenaza. El debate que ha lanzado en Francia sobre "la identidad nacional" va claramente dirigida contra los musulmanes, y también se ha embarcado en una campaña por la deportación de los gitanos.

La transformación del Frente Nacional es sólo un ejemplo de la centralidad de la campaña anti-islam en los partidos populistas de derecha de Europa occidental. Es la cuestión que une a todos esos partidos en toda Europa. Este es un fenómeno nuevo, pero que no puede ocultar el hecho de que todavía hay muchas diferencias entre los partidos que se clasifican como populistas de derecha. La mayoría siempre fue antiinmigración, se ha posicionado en contra la elite política, ha tenido líderes carismáticos y logra mayores éxitos en aquellos países en que los partidos mayoritarios promueven una cultura de consenso. Pero un neoliberal con raíces rurales como el político suizo Chirstoph Blocher, del SVP, tiene muy poco en común con el demagogo francés Le Pen.

Es el concepto común del islam como enemigo lo que los convierte ahora en aliados ideológicos. Sin embargo, es improbable que estos partidos sigan cooperando desde sus distintos países en el futuro, pese al sueño de Wilders de encabezar tal movimiento en toda Europa. La Alianza Internacional de la Libertad, que creó en julio pasado, tiene dos metas: "defender la libertad" y "detener el islam". En un video en el sitio de la alianza, Wilders dice que quiere unir las fuerzas existentes contra el islam en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos.

Cuando se le preguntó a Marine Le Pen por la iniciativa de Wilders, ella contestó: "Sin una revolución concertada, nuestra civilización está condenada". Esto podrá ser el reconocimiento de objetivos comunes, pero no necesariamente está dispuesta a unir fuerzas con Wilders.

Fuente: La Nación / © Der Spiegel

Colaboraron en esta nota Markus Deggerich, Manfred Ertel, Juliane von Mittelstaedt, Mathieu von Rohr, Hans-Jürgen Schlamp, Stefan Simons

Traducido del alemán al inglés por Christopher Sultan; traducción al español de la versión en inglés por Gabriel Zadunaisky

MÁXIMAS FIGURAS

Geert Wilders

Líder del Partido de la Libertad, de Holanda, es una figura central del populismo islamobófico de Europa.

René Stadtkewitz

Dirigente alemán, ex parlamentario de la UDC, busca consolidar su nuevo Partido Libertad emulando a Wilders.

Thilo Sarrazin

Controvertido por su discurso contra la inmigración musulmana, proviene de la socialdemocracia alemana.

Pia Kjaersgaard

Presidenta del Partido del Pueblo, tercera fuerza del Parlamento danés, promueve una agenda antiinmigración.

Marine Le Pen

Hija del líder histórico del Frente Nacional francés, Jean-Marie Le Pen, alerta contra la islamización de Europa.

domingo, 18 de abril de 2010

Los aliados K no quieren quedar afuera

Con el aval de Néstor Kirchner, los transversales se rearman de cara a 2011. Después de recibir el guiño del ex presidente, el espacio no pejotista del mundo K, las fuerzas políticas “progresistas”, los movimientos sociales oficialistas más un grupo de intendentes, acordaron dos puntos básicos: quieren que el candidato presidencial sea el patagónico y que haya una “construcción frentista”. Esto es, que el Partido Justicialista pase a ser parte constitutiva del Frente para la Victoria y sus aliados, una forma de diluir de pejotismo el armado político K.
Tras el fracaso electoral del 28-J, cuando el ex presidente se refugió en el peronismo más ortodoxo y perdió en la provincia de Buenos Aires, los transversales interpretan que habrá un nuevo giro. De regir la ley de abiertas simultáneas y obligatorias, impulsan armar una alianza con el PJ que controla Kirchner, una movida que la legislación permite. Para eso, cuentan con la marca del Frente Grande, uno de los cinco partidos de orden nacional que superan los requisitos de la nueva norma. Es decir, de configurarse ese esquema, el resto de los candidatos peronistas debería resignarse a competir dentro de ese ensamble afín al Gobierno o ir por afuera, con otras personerías jurídicas. “¿Imaginás a Carlos Reutemann o Francisco de Narváez compitiendo dentro de ese frente de centroizquierda? Yo no”, confió un dirigente kirchnerista con llegada al matrimonio presidencial.
“Si aceptan la política frentista, otros postulantes peronistas estarían habilitados para venir a disputar en la interna. Pero no pueden usar por fuera el sello del PJ”, explicó a Crítica de la Argentina el presidente del Frente Grande y funcionario de Cancillería, Eduardo Sigal.
A su vez, la mesa transversal tiene otras dos patas. Desde el año pasado, funciona el denominado Encuentro de la Militancia Nacional y Popular, que nuclea al FG, el Frente Transversal encabezado por Edgardo Depetri, la corriente Martín Fierro y un conjunto de intendentes bonaerenses. Entre los jefes comunales se destacan Mario Secco (Ensenada), Francisco “Barba” Gutiérrez (Quilmes), Graciela Rosso (Luján), Gustavo Arrieta (Cañuelas), Ricardo Ivoskus (San Martín), Ricardo Curuchet (Marcos Paz), Aldo San Pedro (Bragado) y Ricardo Moccero (Coronel Suárez). Este conglomerado aporta peso territorial.
El otro sostén son los partidos “amigos”, que le dan una pátina de centroizquierda al movimiento. En este pelotón, se encolumna la Concertación –conducida por los radicales Gustavo López, hoy funcionario, y la diputada Silvia Vázquez-, el Socialismo bonaerense –representado por el secretario de Relaciones Parlamentarias, Oscar González, y el legislador Ariel Basteiro-, el Partido Intransigente, el Proyecto Popular y el Partido Comunista Congreso Extraordinario.
“El PJ solo no le alcanza para dar la disputa. Quizá nosotros no le brindamos tanto cuantitativamente, pero sí cualitativamente”, dijo a este diario el socialista Basteiro. Una semilla de esta apuesta, a nivel provincial, fue el lanzamiento en Rosario, del Movimiento Santafesino por la Justicia Social, conducido por el jefe del bloque de diputados K, Agustín Rossi. Ese día, en la mesa central estuvieron referentes del progresismo bien asimilados por la clase media urbana: la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, el legislador Carlos Heller, y el filósofo Ricardo Forster. En ese encuentro, Rossi dio un mensaje claro: “Julio Cobos nos hizo mucho daño, pero nos haría un daño peor si abdicamos a construir un espacio político plural”.
Si bien dentro del arco transversal tratan de amasar una postura común, hay diferencias porque un sector presiona para que se dé marcha atrás con la reforma política sancionada el año pasado. Es una cuestión de supervivencia: las nuevas reglas arrasarían con la personería jurídica de sus agrupaciones. Otro punto en la agenda de discusión es si realizan el relanzamiento del frente, en un acto en el Luna Park. “No sabemos cuánto aporta hacerlo ahora, quizá haga falta que madure un poco más el espacio”, se sinceró uno de los organizadores. Sí confluyeron y tuvieron una fuerte presencia el jueves pasado, en la marcha a favor de aplicación de la ley de medios, actualmente frenada en la Justicia. Por ahora, la máxima a la que adhieren todos es la postulación de Néstor. “Otro candidato, como Daniel Scioli, no nos llena de emoción”, sostuvo un dirigente del espacio. Fiel a su estilo de no mostrar las cartas, Kirchner jugará al misterio de “pingüino, pingüina o un gobernador” por lo menos hasta fin de año.
Fuente: Crítica

domingo, 27 de septiembre de 2009

Córdoba: ¿resiliencia neoliberal o algo nuevo va a parir?

Mario Riorda
Docente de Política y Comunicación. UCC

El contexto sociopolítico cordobés cambió drásticamente en una década. El paso del tiempo ha visto crecer y desarrollarse a regiones y ciudades en América latina. Sin embargo, ese no ha sido nuestro caso.

El politólogo José María Gómez habla de “resiliencia neoliberal” para dar cuenta de sistemas políticos que, de una u otra forma, permiten regenerar un neoliberalismo con nuevos formatos y actores. La resiliencia es un concepto que implica un rebote, el reanimarse, resistir o adaptarse frente a factores adversos. Quisiera así sumergirme en el análisis cordobés para pensar si es que no hay una resiliencia neoliberal prevaleciente.

Desde las gestiones radicales, el sistema de partidos se ha visto atravesado por dos irrupciones que impactaron en las administraciones que más peso transformador tienen en la provincia: la provincial y la de la ciudad de Córdoba. Esas irrupciones permanecen muy competitivas a pesar de fracasos de gestión.

Hubo una primera irrupción neoliberal del “Modelo Córdoba” que, por inercia, sigue presente. Producto de una asociación –preferentemente– de la centroderecha y derecha en la provincia de Córdoba, ese movimiento aglutinante de muchas fuerzas sociales denominado Unión por Córdoba, trabajó en la propuesta de modernizar el Estado provincial con un énfasis privatista de los servicios y funciones básicas (ejemplificado en la Ley Carta del Ciudadano, de Reforma del Estado y de Regionalización).

Su concepción inicial era expandir la oferta de servicios gerenciados desde privados. El intento de privatización de la Epec, Banco de la Provincia de Córdoba, Lotería Provincial, creación de agencias mixtas, regionalización departamental, tercerización de la prestación de salud y del cobro de impuestos, entre otras cosas, quedaron inconclusas, y algunas ni siquiera llegaron a implementarse.

Fue una concepción de un modelo poco real para Córdoba, de bienestar fallido, caro, que tuvo muchas idas y vueltas, plasmando un híbrido sin control y con poca transparencia. Hubo avances “plebiscitarios” en temas sensibles como la unicameralidad en la Legislatura, o intentos fallidos como la última reforma política.

Salvo algunas inversiones en infraestructura, no sólo no se produjeron transformaciones significativas en la provincia, sino que además generó un descalabro fiscal sin antecedentes, especialmente en una deuda de la que se desconoce su magnitud. Se pensó excesivamente el largo plazo, pero el corto plazo lo sepultó.

Irrupción neoliberal corporativa autóctona. Otra de las consecuencias fuertes del modelo anterior, acompañado y propiciado por la falta de recuperación del radicalismo, fue la de posibilitar la irrupción del Frente Nuevo. Fue un antídoto de honestidad que se opuso al revés que representaba la gestión de la ciudad de Córdoba. Fue una composición heterogénea, transversal, policlasista, con un voto aluvional que tuvo un doble fracaso, sea en su desempeño en la gestión municipal, como en su intento de solidificación partidaria para generar reglas de democracia interna que pudieran institucionalizarlo como partido o coalición estable en desmedro del personalismo ilimitado.

Esa gestión municipal fue un nuevo modelo de “neoliberalismo corporativo autóctono” con características muy marcadas: a) ausencia de coherencia ideológica y norte estratégico en la gestión; b) transferencia y privatización del poder estatal a terceros, pero a diferencia del modelo neoliberal provincial con beneficiarios privados con lógica de mercado, aquí fueron sindicatos, grupos cooperativos y asociaciones de base que privatizaron la gestión en el intento de conformación de una estructura partidaria; c) merma de la profesionalización promedio de los funcionarios y líderes con un trasvase de técnicos a perfiles de base, que descalabró la autoridad de los mandos medios de la Municipalidad.

Este yerro de gestión, tan significativo como el pésimo desempeño gubernamental antecesor, generó una situación de devastación en la ciudad capital que condicionará estructuralmente cualquier gestión por más de una década, especialmente por el sobredimensionamiento y envejecimiento paulatino de la planta de empleados. No se pensó el largo plazo, aunque sus efectos sí se verán en el tiempo.

Ni puro Estado, ni puro mercado. Una visión progresista de la sociedad y del Estado como institución transformadora, aparece muy desdibujada como contracara de la resiliencia neoliberal. Ni intervención asfixiante ni omisión irresponsable podría ser la ecuación que defina un estado que pueda actuar de manera estratégica, inteligente, teniendo como prioridad la debida protección social hacia sectores vulnerables.

El Estado omnipresente y la centralización burocrática demostraron incapacidad en la resolución de no pocos problemas. La sociedad civil organizada ha demostrado un buen manejo e impactos acertados en determinados casos. Por eso el estado en Córdoba podría ser sólo promotor, regulador y garante del control porque no posee un stock financiero que permita encarar inversiones estructurales con externalidades positivas.

Para ese cometido debe apostar a la inversión privada, con estrictos y exigentes marcos de transparencia y fijación de prioridades públicas, y debe reservarse la obligación y garantía de cuidar el flujo financiero cotidiano para garantizar servicios esenciales irrenunciables, como lo son la educación, la salud y la protección social básica –más otros si se piensa esta concepción en escala municipal–. Otros modelos dejaron la inversión al Estado y privatizaron los servicios: exactamente al revés.

Concertar políticas públicas con los privados que motorizan la economía y son generadores de desarrollo, tal como lo hacen en las principales capitales del mundo, es una tarea ardua, pero con beneficios para todos. Muchos se quedan asombrados del desarrollo espectacular de ciertas ciudades o regiones, pero vetan toda posibilidad de que ese desarrollo pueda darse en Córdoba.

Implica discusión, participación y polémica, sí. Pero siempre reconociendo que el Estado está literalmente quebrado y no puede hacer todo solo como en otros tiempos.

La crisis económica exige reacomodar los presupuestos –comprometidos por décadas– con severas restricciones. Con un federalismo fiscal absolutamente inconducente, no queda otra visión desde la responsabilidad para gestionar, que mantener relaciones institucionales y lógicas entre los distintos niveles de gobierno. La mezquindad y la bravura son atributos para una Argentina de antaño.

Se requieren representaciones de base que den pleno derecho a la voz de sectores que registran mayores niveles de carencias y necesidades, pero también mucha confianza en expertos para el diseño de políticas.

Hacen falta actores que crean en la solidez de las alianzas y de un sistema de partidos. Córdoba debe fabricar un patriotismo ciudadano que hoy está ausente.

Tras la última elección, el sistema político cordobés se ha fragmentado en múltiples espacios con personalismos excluyentes y competitivos. El radicalismo ha hecho pocos méritos para llegar a ser depositario de una confianza popular mayoritaria y, por si fuera poco, carece de humildad. Aún así, las puertas se le han abierto para este convite y este pensamiento no le quedaría nada incómodo.

Desde la Municipalidad capitalina no se ha hecho otra cosa que desnudar la crisis que debe enfrentar la gestión y poner al sindicato a discutir a pérdida, y no se está lejos de estas ideas, incluyendo en esto a la Intendencia y Viceintendencia. No distinta es la situación de muchos intendentes del interior. Socialistas, independientes, centristas, son también una expresión posible de actores que pueden comulgar en estas ideas.

Sostener el diálogo constante –no la descalificación facilista–, un nuevo lenguaje creado a través de gestiones responsables y de coaliciones homogéneas, es el desafío de un espacio que pueda hacer frente a una resiliencia neoliberal muy marcada.

En definitiva, se trata de parir un nuevo sistema de representaciones políticas y sociales que nos haga ser más previsibles, menos personales, más institucionales.

© La Voz del Interior