











Comunicación Política. Campañas electorales. Comunicación Gubernamental. Escándalos. Polémicas. Comunicación de crisis.













Por Santiago O’Donnell
Tea Party. Que se vayan todos. Es la manera más fácil de entender este movimiento nuevo que barre las praderas de Estados Unidos, el Tea Party Movement. Hay crisis, la gente está enojada. Un diario todavía poderoso, el New York Times, tiene la ocurrencia de reproducir una encuesta. Uno de cada cuatro norteamericanos tiene una opinión favorable del movimiento Tea Party. Uno de cada tres opina bien de los demócratas y uno de cada dos, de los republicanos. Buena idea la del Times. Impacto inmediato. Ahora que la jauría de la cadena Fox los corre por derecha, los diarios tradicionales tienen que estar atentos a las movidas populistas.
Pero en términos de capital político, el movimiento Tea Party no representa nada. La frase “tea party” en Estados Unidos es sinónimo de “rebelión fiscal”, pero nadie ha dejado de pagar sus impuestos. Los adherentes al movimiento dicen que están cansados de pagar y que quieren pagar menos, pero no dicen que no van a pagar más. No tienen líderes orgánicos, no tienen programa, no tienen estructura, ni siquiera salen a cacerolear. Desnudan la debilidad de los partidos políticos pero no se ofrecen como alternativa.
Su actividad se limita a expresiones en foros de Internet y protestas públicas que se hacen en los feriados patrios (ver foto) y el día de cierre para las declaraciones de impuestos en los distintos estados. Su filosofía es algo inconsistente: quieren bajar la deuda pública pagando menos. Lo que se ignora no puede hacer mal: en otra encuesta, el 80 por ciento de los adherentes al movimiento dijeron no saber que el paquete de estímulo de Obama les había bajado los impuestos al 90 por ciento de los estadounidenses. Esas noticias no salen mucho en la Fox, la cadena que promueve descaradamente cada convocatoria de su movimiento.
Tienen, sí, referentes que se valen de la frase y del movimiento para hacer campaña en contra del gobierno. Hablan sencillo, critican a la burocracia de Washington y se quejan todo el tiempo de lo que gasta Obama. Como el melli D’Angeli, acusan al gobierno de ser un enchastre. La más importante es Sarah Palin, la candidata republicana a la vicepresidencia en la última elección. Esa que contestó, cuando le preguntaron por los desafíos de la política exterior: “Tenemos a Rusia... ahí cerca...”, y no pudo agregar nada más.
Tea Party. Suena bien. La frase se refiere al acto fundacional de los Estados Unidos, el equivalente al Cabildo del 25 de Mayo. En 1773, los patriotas de Boston, cansados de pagar impuestos, se suben a un barco y vacían al mar un cargamento de té. Y Boston fue una fiesta, y vino la Guerra de la Independencia, y los padres fundadores plantaron bandera y escribieron la Constitución y Yankee doodle dandy. ¡Viva la patria!
Tea Party para poner al negro ése en su lugar. No es casualidad que el perfil del adherente medio sea blanco, pobre, poco educado, libertario o conservador. Las crisis económicas sacan a relucir el costado xenófobo y racista de las sociedades. Encima Estados Unidos viene de elegir a su primer presidente negro.
Si uno está cansado de verlo sonriendo por televisión, si le molestan los diseños africanos de la primera dama, si está harto de todas esas películas que salieron ahora con un negro haciendo de héroe, si está convencido de que los negros son todos chorros y por eso llenan las cárceles, y si encima lo echaron de su trabajo por la crisis pero imagina que fue por no pertenecer a una minoría protegida, entonces no puede decir “saquemos a patadas de la Casa Blanca a ese negro de mierda.” Lo podrían acusar de racista. Entonces dice “Tea Party” y se entiende igual.
Los negros no estuvieron en el Tea Party de Boston porque estaban en el sur cosechando tabaco y algodón para sus amos. Y nadie le hizo un Tea Party a Bush por llevar el déficit a cifras astronómicas ni por darles un megarrescate a los banqueros de Wall Street. En la Tea Party versión 2010, los negros vendrían a ser los sacos de té que el movimiento quiere tirar por la borda. Porque no es sólo Obama. Obama es la consecuencia de 20 años de Acción Afirmativa que el padre del populismo norteamericano, Ronald Reagan, tuvo a bien abolir en los ’80: las cuotas para las minorías en los empleos, el traslado forzoso de chicos negros pobres a las escuelas de blancos ricos, los fiscales federales enviados a Alabama para dificultar los linchamientos de los seguidores de Martin Luther King, los programas para obligar a los blancos a compartir con los negros el asiento del colectivo. Todo ese gasto en programas estatales para igualar las cosas, y ahora hay un negro en la Casa Blanca que sigue gastando los impuestos que todos tienen que pagar. Y encima rescata a los banqueros y a los dueños de las automotrices y ahora pide otro dineral para reformar el sistema de salud.
Tea Party. Kill the bill. La derecha no tiene muy buenas razones para oponerse a una legislación que bajaría la cuota de las prepagas y extendería la cobertura a más de veinte millones de personas que hoy no la tienen. Salvo que no es momento para grandes gastos porque hay crisis y la gente no quiere pagar más impuestos. Entonces se valen del movimiento para eludir el debate de ideas y gritan “Kill the Bill”, maten la ley de Obama, en los sitios web y las protestas del movimiento. Los legisladores demócratas se asustan. Se vienen las elecciones y no quieren ser víctimas del Tea Party. Bill sigue vivo, esperando el voto del Senado, demócratas y republicanos saben que es la gran batalla política del gobierno de Obama y que muy bien podría definir las próximas presidenciales. Por ahora los demócratas tendrían número si consiguieran ponerse de acuerdo, pero despues de las legislativas del 2011 el porotaje podría cambiar.
Tea Party. No gasten más. En el imaginario popular estadounidense son los demócratas los que gastan y los republicanos los que ahorran. Pero no es tan así. Al principio sí, pero ya no. Primero vino el “New Deal” del demócrata Franklin Roosevelt y sus recetas keynesianas para salir de la Gran Depresión. Después llegó Hoover, el fiscalista republicano, para llenar de agujeros al Estado de bienestar. Más tarde Lyndon Johnson y todo el empuje al movimiento de derechos civiles y sociales de los negros. Después Nixon para decir basta.
Todo cambió con la llegada los populistas de derecha y los demócratas autoproclamados “fiscalmente responsables”. Ahí se dio vuelta la tortilla. Primero vino la “Reagan Revolution” de los republicanos, que disparó el déficit con recortes de impuestos para las empresas y mucho gasto militar. Después llegó el ajuste del demócrata Clinton, que llegó al déficit cero desmembrando el programa espacial, encogiendo al Departamento de Estado y congelando la planta de empleados públicos. Después, con la “cultural revolution” de George W. Bush, volvió el déficit record con descuentos impositivos para los ricos, “vouchers” para escuelas, escudo antimisiles y guerra global.
Después llegó Obama con su discurso de demócrata fiscalmente responsable, pero también de Gran Transformador. Dice que va a terminar con el déficit en cinco o diez años, pero no dice cómo lo va a hacer y cada mes anuncia un nuevo paquetazo. Primero los rescates para salir de la crisis, después la reforma de salud, ahora quiere reconvertir la economía a energía limpia y ayudar a las Pymes. Todos objetivos atendibles, pero caros. Y la gente está asustada. Y algunos no le perdonan que sea negro. Y no le creen que va a cuidar el mango y que no va a subir los impuestos. Ya no les creen ni a los demócratas ni a los republicanos.
Entonces se juntan y gritan ¡Basta! ¡Tea Party! ¡Viva la patria! ¡Kill the bill! Como expresión política no quiere decir mucho, pero sirve para el desahogo. Y para apretar al Congreso para que no siga gastando. No porque piensen que el gasto estatal originó la crisis, sino porque piensan que no es la solución.
Sobre todo gritan ¡Tea Party! para complicarle la vida al negro Obama, que necesita dólares y leyes para hacer política. Que no haga nada, le gritan, que se vaya, que se vayan todos. Tea Party hasta que lleguen tiempos mejores.
Fuente: Pagina 12
La agonía del 'Chronicle' –que podría dejar a San Francisco como la primera gran ciudad norteamericana sin un periódico– ha disparado las alarmas en Washington. La presidenta de
El senador demócrata Benjamin Cardin ha ido incluso más allá y ha puesto en marcha una iniciativa legislativa –
De momento, nadie se ha atrevido a hablar de un "plan de rescate" comparable al de la industria automovilística, pero el debate político se está encauzando hacia la premisa que defienden John Nichols y Robert McChesney, autores de un libro que está dando mucho que hablar antes incluso de su publicación: 'Salvar el periodismo: el alma de la democracia'.
'Tragedia' para la democracia

"Tenemos que asegurar que nuestras políticas permitan la supervencia de la empresas de información y el nivel de recolección y análisis de las noticias que los americanos esperan", escribe Nancy Pelosi en su carta al titular de Justicia, a quien pide una revisión de las leyes 'antitrust' para ajustarlas a "a la realidad actual del mercado" en la bahía de San Francisco.
El senador Benjamin Cardin se ha desmarcado también esta semana con una propuesta insólita: rebajar la presión fiscal sobre los periódicos locales y permitirles sobrevivir como "fundaciones" (un camino abierto hace ya tiempo por publicaciones independientes como 'The Nation').
"Estamos perdiendo la industria de la prensa y la marcha de la economía es la causa inmediata del problema", admite Cardin. "Pero es el modelo de empresa, basado en los ingresos por anuncios y por circulación, el que se ha roto. Estamos ante una tragedia real para las comunidades en nuestro país y para nuestra democracia".
Sostiene Cardin que su propuesta no beneficiará a los grupos mediáticos que también tienen radios y televisiones, sino a "los periódicos locales que están luchando por salir a flote". Su propuesta ha sido acogida favorablemente por una parte de la industria, aunque los analistas advierten que muchos periódicos como el decano de Arizona 'The Tucson Citizen' –que pertenece al grupo Gannett y ha bajado de
John Nichols y Robert McChesney, los autores de Salvar el periodismo, afirman entre tanto que la consolidación de los grupos ha sido precisamente "el abrazo de la muerte" de la prensa. Los autores abogan por una política de subsidios y apoyo institucional "al periodismo de calidad" y advierten que internet "no puede conseguir su potencial revolucionario como foro de los ciudadanos" sin la base y el complemento que hasta ahora ofrecía la prensa.
«Somos muy entusiastas ante los intentos de promover on line el viejo periodismo, como hace 'ProPublica', 'Talking Points' o 'The Huffington Post'", sostienen Nichols y McChesney en las páginas de 'The Nation'. "Pero nada podrá llenar de momento el vacío que dejarían los periódicos en las áreas metropolitanas".
El Pew Research Center, implacable en su seguimiento del largo invierno de la prensa, nos ofrecía estos días otra triste primicia: tan sólo uno de cada tres americanos echaría de menos el periódico de su ciudad si dejara de publicarse tal día como hoy.
Fuente: El Mundo. es




"Africa es una nacion que sufre una increible enfermedad" (rueda de prensa. 14/9/00)
" He hablado con Vicente Fox, el nuevo presidente de Mexico, por el petroleo que ellos enviaran a Estados Unidos. Asi no dependeremos del > petroleo extranjero" (primer debate presidencial 10/3/2000)
"La mujer que sabia que sufri dislexia...¿como lo sabia si yo nunca me entreviste con ella? (California, 15/9/2000)
"La gran mayoria de nuestras importaciones provienen fuera del pais" ((NPR's Morning Editng. 26/9/2000)
"Ustedes tambien tienen negros?" (Al entonces presidente de Brasil Fernando Cardoso, en Sao Paulo. 28/4/2002)
"Solo quiero que sepan que cuando hablamos de guerra, en realidad estamos hablando de paz" (Washington, 18/6/2002)
"Nuestros enemigos son innovadores e ingeniosos, pero nosotros tambien. No cesan nunca de pensar en como dañar a nuestro pais y a nuestro pueblo. Nosotros tampoco" (Washington 5/8/2004)
"Un presidente nunca puede decir nunca" (Declaracion sobre la guerra, antes de partir a Europa, febrero 2005)
"Cuando hice la campaña en 2000, dije ""quiero ser un presidente de guerra"". Nadie quiere ser un presidente de guerra, pero yo lo soy" (Iowa, 26/10/2006)
"Nosotros estamos preparados para cualquier imprevisto que pueda ocurrir o no" "Deberia preguntarle al que me hizo la pregunta. No tuve oportunidad de preguntarle al que me hizo la pregunta. ¿De que pregunta se trata? (Austin, Texas 8/1/2001)
"Se que en Washington hay muchas ambiciones. Es natural. Pero espero que los ambiciosos se den cuenta de que es mas facil triunfar con un exito que con un fracaso" (Entrevista de
"El apagon de California es verdaderamente resultado de que no hay suficientes plantas generadoras de energia y entonces no hay energia suficiente para energizar las plantas de energia" (entrevista de The New York Times, mayo/2001)
"Demasiados buenos doctores estan abandonando su profesion. Demasiados ginecologos ya no pueden practicar su amor con las mujeres de este pais" (Missouri 6/9/2004)
"Los que penetran en el pais ilegalmente estan violando la ley" (Arizona, 28/11/2005)
"Yo mantengo todas las declaraciones equivocadas que hice"
"Un numero bajo de votantes es una indidacion de que menos personas estan yendo a votar"
"No es la poblacion lo que esta perjudicando el medio ambiente. Son las impurezas en nuestro aire y agua que hacen esto"
"Nosotros tenemos un firme compromiso con
Gracias Catalina por el envio

Mario Diamint para La NaciónMIAMI.- Con tres películas basadas en presidentes contemporáneos, Oliver Stone se ha convertido en el preeminente cronista de las historias íntimas de la Casa Blanca. Pero a diferencia de JFK y Nixon , sus anteriores producciones, W. , la película basada en la caída y ascenso (y probable caída final) de George W. Bush, es la primera en tratar de capturar dramáticamente la carrera de un presidente mientras aún se encuentra en ejercicio. El ejemplo más cercano de este tipo de inmediatez es The Queen , de Stephen Frears, con Helen Mirren en el papel de Isabel II.
Esto habla de la audacia y de los riesgos que asumió Stone. A menos que se trate de una parodia, no es fácil insuflar vida a personajes que uno puede ver por televisión en su versión original apenas deja la sala. La mente humana, como la historia, necesitan de distancia y perspectiva.
Pero para Stone la tentación era demasiado grande. Como lo explicó en una entrevista: "Los Estados Unidos se han definido en los comienzos del siglo XXI como un Estado-cowboy y Bush ha expresado, hiperbólicamente, toda la mentalidad de cowboy que el mundo atribuye a los Estados Unidos".
La película es fascinante en muchos sentidos. Josh Brolin hace una notable recreación de Bush al punto de que, por momentos, uno cree estar viendo al verdadero, y lo mismo puede decirse del resto del elenco, que incluye a Richard Dreyfuss (como Dick Cheney), Elizabeth Banks (Laura Bush), James Cromwell (George H. W. Bush), Scott Glenn (Donald Rumsfeld) y Toby Jones (Karl Rove).
Ascenso hacia el poder
La narración arranca en los años universitarios de George W., cuando no era otra cosa que un chico bien, sólo interesado en el béisbol, la cerveza, el juego y las mujeres y termina con la guerra en Irak, cuando, desconcertado, descubre que Saddam Hussein no tenía armas de destrucción masiva. Entre ambos períodos se teje una historia que recoge su prematuro resentimiento, la infructuosa búsqueda de aprobación paternal, su conversión religiosa y, finalmente, la presidencia.
Al margen de las consideraciones artísticas y el necesario cuestionamiento de la verdad histórica que surge de una película que es, en el mejor de los casos, una recreación, y en el peor, una mera invención, queda la reflexión que W. propone acerca de la naturaleza del poder y las calificaciones de quienes lo ejercen.George W. Bush nunca debió haber sido presidente del país más poderoso del planeta, del cual, en mayor o menor medida, depende el bienestar del resto del mundo. Nunca tuvo las condiciones, ni la preparación, ni el criterio ni la estatura para asumir semejante responsabilidad.
Esto lo supo su padre y lo sabe hoy el 75 por ciento de los norteamericanos que opinan que el país fue llevado en la dirección equivocada. Cuando un periodista le pregunta cuál será su lugar en la historia, Bush responde: "¿La historia? En la historia estaremos todos muertos".
La mayor virtud de Bush, según lo advierte Karl Rove, es que es la clase de persona con la que uno quisiera tomar una cerveza. El concepto se convirtió en un slogan de la campaña y ha sido resucitado una y otra vez, a pesar del decreciente número de personas deseosas de compartir una cerveza con él. Esta noción de que un presidente debe ser elegido a partir del más bajo denominador común, de que no tiene que tener otra aptitud que la de parecerse a la mayoría, puede resultar una aspiración muy democrática pero es una fórmula de desastre, como lo han demostrado estos últimos ocho años.
Pero la fascinación por la simpleza o la ignorancia disfrazada de simpleza es un arma política poderosa. Fue la que convirtió a Sarah Palin en candidata a vicepresidenta y a "Joe el plomero" en una sensación mediática. Y hay algo que conecta a Bush con "Joe el plomero". Ambos se han revelado como un fraude. Bush podía ser el cowboy con quien compartir una cerveza, pero sus políticas no estaban destinadas a beneficiar a la gente común.
"Joe el plomero", exaltado como el arquetipo del norteamericano común, terminó no siendo ni arquetipo ni plomero, sino un racista impenitente, que debe dinero de sus impuestos y practica su profesión sin licencia. La simpleza, está visto, puede a veces resultar bien complicada.
Photo: Telegraph.co.uk
fondos de la recaudación fiscal para salvar a Wall Street) que había logrado conquistar con la nominación de Sarah Palin como compañera de fórmula.