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jueves, 1 de abril de 2010

Antanas y los mimos (blog Pedestre)

Aurelijus Rutenis Antanas Mockus es a primera vista un tipo que no tiene todos los tornillos de su cabeza en orden. Su corte de pelo tipo Moe de los Tres Chiflados, su barba de Abraham Lincoln y los trajes de superhéroe que acostumbra a utilizar le dan un aspecto bastante más extravagante que el de la media de la población. De hecho, es más que probable que Antanas Mockus sufra en efecto de algún desorden mental, ya que de otra manera no se explicaría su decisión de dejar una tranquila vida académica para ser alcalde de su ciudad natal, Bogotá, considerada a mediados de los noventa como una de las urbes más peligrosas y caóticas de toda Latinoamérica.

Sin embargo, el loco de Antanas fue bastante más exitoso de lo que todo el mundo esperaba, logrando cambiarle por completo el rostro a su ciudad en sus dos períodos como alcalde (1995 – 1998 y 2001 – 2004). Mal que mal, son pocos los alcaldes latinoamericanos que pueden decir que han expuesto en la prestigiosa Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard a tablero vuelto, tal como sucedió con Mockus algunas semanas atrás.

Y es que lo del bogotano es considerado hoy en día como un modelo revolucionario digno de estudio en todo el mundo. Lo suyo, más que la aparente espectacularidad de las formas, es una firme convicción en lo que él llama la “doctrina de la cultura ciudadana”, basada en el empleo de métodos pedagógicos para lograr cambios sociales. Donde fallaron los métodos tradicionales basados en la aplicación de castigos y multas, Mockus empleó políticas ingeniosas que entendían que la sanción social es mucho más poderosa a la hora de cambiar malos hábitos profundamente arraigados en la población.


Salen los policías y entran los mimos

Como la gran mayoría de las ciudades de la región, a mediados de los noventa Bogotá constituía un muy buen ejemplo acerca de cómo no hay que comportarse en las calles. Un tráfico caótico, liderado por conductores que no respetaban las más mínimas normas de civilidad detrás de un volante, se mezclaba con el movimiento de peatones que tampoco estaban dispuestos a seguir las más elementales normas de tránsito. El resultado: una de las tasas de accidentes vehiculares más altas de toda Latinoamérica.

Donde cualquiera hubiera visto la solución en reglamentos más duros y multas más altas para los infractores, Mockus vislumbró una salida mucho más ingeniosa, cuyo éxito inmediato aún causa admiración en el mundo entero. La receta, tremendamente sencilla, fue lanzar 500 mimos a las calles, quienes tenían como misión señalar a todos aquellos cuya conducta vial se apartara de las buenas costumbres de tránsito. Así, si alguien cruzaba una vía en un lugar no habilitado, inmediatamente era seguido por un mimo que lo remedaba por detrás, lo que la mayoría de las veces provocaba las risas de todos aquellos que se encontraban en la acera mirando este insólito espectáculo. Por supuesto que más de algún mimo se llevó de premio una buena paliza de los molestos peatones, pero la reacción generalizada fue más bien la de no repetir la acción imprudente, porque la mofa de cientos de bogotanos resultaba mucho más agraviante que el pago de una multa, que después de todo se hace en la soledad de una oficina, sin testigos que a uno lo avergüencen.

Los mimos, que al poco tiempo se transformaron en todo un símbolo de la ciudad, también extendieron su accionar hacia los automovilistas, a quienes les mostraban unas grandes tarjetas rojas, si su accionar era inapropiado, o blancas, si su conducta merecía la aprobación de toda la ciudadanía. El resultado de la acción de este ejército silencioso sorprendió hasta a los más escépticos: en pocos años los bogotanos se habían convertido en ciudadanos ejemplares en lo que a comportamiento vial se refiere, y todo gracias a un programa que en su conjunto resultó mucho más económico y efectivo que cualquier campaña anterior.

Fuente: extracto de blog Pedestre

lunes, 16 de febrero de 2009

En APOYO a la BOLETA UNICA

CAMPAÑA DEL ARI POR LA BOLETA UNICA A NIVEL NACIONAL. UN paso URGENTE para la REFORMA POLÍTICA.

jueves, 24 de julio de 2008

Movilizaciones por el Juicio a Menendez en Córdoba


Por estos muertos, nuestros muertos
Pido castigo.
Para los que de sangre salpicaron la patria,
Pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte,
Pido castigo,
Para el traidor que ascendió sobre el crimen
Pido castigo.
Para el que dio la orden de agonía,
Pido castigo.
Para los que defendieron este crimen,
Pido castigo.
No quiero que me den la mano
Empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
Tampoco en su casa tranquilos,
Los quiero ver juzgados,
En esta plaza, en este sitio.
Quiero castigo…
Fragmento del poema “Pido Castigo” de Pablo Neruda
Enviado por ADIUC (Asociación de Docentes e Investigadores Universitarios de Córdoba)

martes, 11 de marzo de 2008

Cuestionamientos a los costos de la última campaña electoral

Por Alberto Borrini (LA NACION)
11 de marzo de 2008

Los partidos políticos acaban de rendir cuentas a la Justicia acerca de los gastos realizados durante las campañas electorales de 2007. El Frente para la Victoria declaró un total de $ 15 millones, que ascienden a 17 millones con la suma de lo desembolsado por los partidos aliados. Es el doble de lo informado por los cuatro candidatos opositores en conjunto. Se añadieron también los nombres de las empresas que financiaron las distintas campañas.

De acuerdo con estas cifras, las iniciativas proselitistas que culminaron con las elecciones del 28 de octubre último habrían costado unos $ 30/35 millones, cifra razonable y parecida a la registrada en 2003, de 35 millones. Aparentemente, porque ya surgieron las primeras e importantes objeciones. Según fuentes independientes, el costo total de las campañas habría sido de 70/75 millones, el doble de lo informado y cantidad acorde con la que resulta de la medición de los espacios físicos comprados por los partidos en los medios masivos.
Poder Ciudadano, una organización independiente y sin fines de lucro que realiza sus propios cómputos, cuestionó también el informe de los partidos, en especial el dado a conocer por el Frente para la Victoria. Basada en el desglose por rubros, la entidad objetó, por ejemplo, la partida asignada a las encuestas, de unos $ 200.000, monto que no resiste ningún cálculo serio, dados la frecuencia y el costo de los múltiples sondeos encargados. Poder Ciudadano estimó que la ahora presidenta Cristina Fernández de Kirchner invirtió 2 millones, es decir, diez veces más de lo rendido. Parecida objeción, proporcionalmente, merece lo declarado por otros partidos.

Pero el de las encuestas no es el único rubro del informe que no resiste un análisis más prolijo. La asignación para "actos y eventos", por ejemplo, de $ 326.000, también suena irrisoria porque las manifestaciones y concentraciones ya no se hacen, como antes, con militantes que asistían voluntariamente para escuchar a sus candidatos y alentarlos en la competencia electoral. Ahora se trata de "asistentes profesionales", a los que hay que transportar, entretener, brindar facilidades sanitarias e incluso pagarles un "honorario". Lo mitines modernos son obras maestras del marketing. En España, donde el recurso está más avanzado, se enlatan y se despachan para su televisación. Es así porque los candidatos ya no se dirigen sólo a los miles de personas que asisten personalmente, sino principalmente a los millones que reciben la transmisión televisiva. Hay pocos recursos, si los hay, de los empleados en las campañas que no terminen de una forma u otra en el receptor hogareño. Las campañas son cada vez menos transparentes.

Los informes económicos de los gastos generados durante las campañas, suministrados por los propios responsables, suelen ser tan poco creíbles como los que últimamente difunde el tan cuestionado Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) acerca del costo de productos y servicios.

Las campañas modernas son como un iceberg que muestra menos de lo que oculta; lo que queda bajo el agua suele ser por lo menos igual a lo que sobresale, más aún en esta época en que los medios convencionales son apoyados por otros como el telemarketing, las manifestaciones y la participación en programas (PNT), por citar sólo a los legales. Pérdida de credibilidad Las acciones proselitistas están reguladas, en casi todos los países, por normas y reglas.

Aquí se fija principalmente el tiempo de duración de las campañas, cuándo deben empezar y cómo deben financiarse. Pero las regulaciones dejan tantos agujeros que los candidatos se cuelan fácilmente por ellos. La cuenta regresiva de las campañas suele comenzar entre nosotros con la aparición de los primeros anuncios en televisión; los otros recursos, la parte de abajo del iceberg , asoman mucho antes e impunemente.

En la Argentina, las campañas suelen despegar ocho o nueve meses antes, con acciones aisladas en los lugares de veraneo, porque, por el turismo de gente del interior, son como fugaces microcosmos del mercado nacional. Las fuentes de financiación suelen ser ocultadas o disimuladas.

El escándalo de la valija incautada en el aeroparque Jorge Newbery con los US$ 800.000 llegados de Venezuela es una de las últimas pruebas de la manipulación financiera de las campañas. En suma, las campañas que transgreden las reglas, con menor preocupación por informar que por agredir al adversario político, sin debates serios y en el fondo cada vez más propagandísticas, están perdiendo credibilidad y convirtiendo lo que debe ser una fiesta de la democracia en un espectáculo costoso, penoso y estéril.