domingo, 12 de abril de 2009

Las listas testimoniales no son un recurso nuevo en el mundo Kirchner

“Todos los hombres son iguales. Pero algunos son más iguales que otros.”
Mafalda.
“No hay nada más peligroso que un buen abogado.”
Alphonse “Scarface” Capone, 1946. Miami Beach.
Todo comenzó hace muchos, muchos años. Antes del Diluvio se decidió que los candidatos debían ser “famosos”. Populares, y no buenos, o experimentados, o capaces. La retórica periodística los bautizó “extrapartidarios” y la dirigencia se lanzó a cazarlos con fruición. Los famosos implotaron el sistema de partidos, retrasaron el recambio generacional y modificaron los pocos valores que sostenían, endeble, al sistema. La popularidad –a veces fruto del mérito, otras un simple accidente– se transformó en el nivelador: es famoso, ya corre la mitad de la carrera. En paralelo, el nepotismo comenzó a verse con cierta simpatía:
–Lo nombré porque es mi hermano, es cierto. Pero necesito en ese cargo a alguien de confianza.
–Ok, es mi mujer. ¿Pero sabe usted cuánto hace que milita?
–Mi primo es el más capaz que conozco. ¿Lo tengo que discriminar?

Después se violó la lógica de los distritos:

–Soy santafesino, viví toda mi vida en Córdoba pero ya llevo un año y medio en Buenos Aires. ¿Por qué no puedo representar a los porteños?
–Deberían sumarlo: hice de primero a cuarto año, en 1966, en la provincia. Es cierto, luego me mudé a Yugoslavia por 25 años. Pero volví, ¿no?
Así, la excepción mudó en normalidad: jugamos un partido en el que todo el tiempo, cuando pierden, nos amenazan con llevarse la pelota. Vaciados de contenido, los partidos se transformaron en sellos que llegan a venderse al mejor postor:

AAA Partido alquilo en Capital. Sin uso.Todo legal y bendecido por Servini de Cubría. Logo incluido.

Pero faltaba algo más: que los cargos perdieran todo sentido. Presentarse a un cargo para no ocuparlo luego. O para discutir, por caso, qué conviene. Así, el vicepresidente podrá devenir en concejal, el ministro en gobernador, el senador en diputado. O todo lo contrario. Si la lista sábana oculta a los candidatos indeseables, el cargo “testimonial” transforma el sistema en una broma y la carga de la función pública en un cheque en blanco: ser “electo” es un superpoder, como la kryptonita, no un mandato o parte de una obligación social. –Tengo el poder, ya veré cómo me conviene usarlo. Ninguna idea puede volver al poder más discrecional: puedo usarlo en el rol que quiera, el tiempo que desee, en la institución que necesite. Ser elegido por el pueblo para ocupar una función implica llevarla a cabo y rendir cuentas por ello. Ser elegido para no ocupar ninguna o para hacerlo “a la carta”, ¿a qué obliga y cómo se cumple? ¿Cuáles son los planes del gobernador que quiere ser diputado? ¿Qué piensa hacer en la Ciudad la vicejefa que quiere ser legisladora? ¿Que harían en el Congreso la ministra o el jefe de Gabinete? ¿Suena más democrático que los intendentes presidan las legislaturas? Algo tienen todos en común: saben decir que sí. Todos, dóciles, sabrán obedecer.
La febril estrategia “testimonial” viola, a la vez, la división de poderes: un funcionario del Ejecutivo puede pasar sin más al Legislativo, o al revés. Es cierto: todavía no pueden ser jueces. Pero démosle tiempo al tiempo. Los tres poderes van camino a convertirse en dos. Y la democracia, en una cáscara.Esta historia comienza en mayo de 2003. En aquellas semanas, Buenos Aires se llenó de funcionarios pingüinos dispuestos a asumir el 25. Eran hoscos, reservados y se vestían con trajes baratos, aunque ese detalle duró poco. Los cronistas se desesperaban por conocer a las tropas del desembarco. –Son como nosotros –me dijo un redactor al volver de Casa de Gobierno–. Son la Armada Brancaleone... mucha idea de lo que van a hacer no tienen… Algunos opositores llegaron desde Río Gallegos para recorrer los medios: –Tengan cuidado con el Lupo –advertían a quien quisiera escucharlos. El Lupo era Lupín, Néstor Kirchner, bautizado así por un aviador de historieta. Aunque “Lupo” también quería decir “lobo” en italiano. Escuché en aquellos días varias advertencias sobre el “verdadero” Lupo: denuncias y más denuncias en Santa Cruz. Decidimos no darles demasiado crédito y esperar: “Se tiene que dar cuenta de que esto es Buenos Aires, no puede manejarse igual”. Aquellas historias parecen ahora recuerdos del futuro. Ahí está el Lupo, frente a su propio espejo.
NÉSTOR EN CASA.
El domicilio legal de Néstor Kirchner es Maipú 225, de la ciudad de Río Gallegos; así figura en el padrón de las elecciones de 2007 y en la creación de la sociedad comercial El Chapel, en septiembre de 2008. Kirchner es tercera generación de santacruceños, fue intendente de Gallegos y tres veces gobernador de Santa Cruz, y tuvo su mayor experiencia como bonaerense en los años 70, cuando estudió Derecho en La Plata. El padrón electoral de junio incluirá los cambios de domicilio realizados antes del 30 de diciembre de 2008, fecha en la que el copresidente no soñaba con presentarse como candidato en la provincia de Buenos Aires. La respuesta a tanta intuición electoral se encuentra en la caja fuerte del titular del Registro Nacional de las Personas, donde el legajo de Kirchner duerme su siesta documental junto al de Diego Maradona, Mirtha Legrand y la copresidenta Cristina, entre otros. Dos fuentes seguras confirmaron a este diario que, hasta hace al menos un mes, el domicilio de Néstor seguía en las tierras del viento, el mar y el frío. ¿Se producirá en estos días el Milagro de la Lapicera? –Néstor tiene residencia en Olivos y eso basta para presentarse –le dijeron a Crítica de la Argentina dos ministros del ala dura del Gobierno. La ambigüedad domiciliaria no es nueva en la familia: en 2005, Kirchner nombró a su esposa como candidata a senadora por Buenos Aires y en el mismo año la Hermana Presidencial Alicia fue candidata a senadora por Santa Cruz como enroque con Cristina; asumió su banca por unos meses y luego volvió al Ministerio de Desarrollo Social. Cristina mantuvo su domicilio en la Patagonia y decidió no ir a votar ya que se encontraba a más de 500 kilómetros. Para presentarse se argumentó entonces que nació en La Plata, aunque su apego territorial no fue suficiente para presentar un solo proyecto referido a la provincia durante su mandato. Cristina fue candidata diez veces en veinte años ya por Santa Cruz o Buenos Aires y renunció tres veces al cargo para el que había sido electa ocupando uno nuevo:

1989: Diputada provincial en Santa Cruz.
1993: Diputada provincial reelecta.
1994: Convención Nacional Constituyente por Santa Cruz.
1995: Diputada provincial reelecta; renunció a su cargo para asumir como senadora nacional.
1995-1997: Senadora nacional por Santa Cruz; renunció a su cargo para asumir como diputada.
1997-2001: Diputada nacional por Santa Cruz.
1998: Convencional Provincial Constituyente en Santa Cruz.
2001-2005: Senadora nacional por Santa Cruz.
2005- 2007: Senadora nacional por Buenos Aires; renunció a su cargo para asumir la Presidencia.

La Hermana Alicia fue responsable de Desarrollo Social en la intendencia, la gobernación y la Nación; candidata a intendente de Río Gallegos en 1995 y a senadora nacional en 2005, cargo que ocupó por ocho meses. Su tío Manuel López Lestón fue candidato a intendente en 1991. Las listas “testimoniales” tampoco son nuevas para los K: en 1997 puso a Julio De Vido a la cabeza de los diputados provinciales; ganó pero no asumió, y siguió en su cargo de ministro de Obras Públicas provincial; el candidato a diputado de esa misma elección fue el intendente de Caleta Olivia, José Manuel Córdoba, que no ocupó su banca nacional, y Carlos Muratore, ministro de Educación provincial, quien tampoco asumió como concejal electo. Carlos Zannini logró un récord: asumió como diputado provincial entre 1995 y 2001, luego fue presidente del Tribunal Superior de Justicia y antes ministro de la Gobernación: pasó, en una misma gestión, por los tres poderes del Estado.
En la Reforma Constitucional de 1994, Néstor habilitó la reelección de gobernador y vice, eliminó la cláusula de consanguineidad que impedía el nombramiento de familiares en los cargos ejecutivos e introdujo, ante el silencio de la oposición, el artículo 80 que funcionó más tarde como puerta a la reelección indefinida: “La Cámara de Diputados por la mayoría absoluta de la totalidad de sus miembros podrá someter a voto popular, directo, obligatorio y vinculante, en calidad de consulta popular, proyectos de ley que afecten directa o indirectamente las instituciones, derechos y garantías de raigambre constitucional, nacional o provincial, para su ratificación o rechazo. La ley de Convocatoria no podrá ser vetada y regirá automáticamente a partir de su ratificación”.
El 17 de mayo de 1998 el “Sí” a una nueva modificación de la Constitución por la re-re obtuvo el 56,88% de los votos. El radicalismo presentó recursos de amparo en todos los tribunales de la provincia, pero ya era tarde: en 1995 Néstor había ampliado de tres a cinco los miembros del Tribunal Superior y eliminado la figura del procurador, quedándose con mayoría propia en la Corte. “Llamar a una consulta para reformar la Constitución es utilizar los mecanismos de la democracia plebiscitaria a fin de establecer una relación tramposa entre el líder y el electorado, a la manera del nazismo”, opinó entonces, en Río Gallegos, el juez Raúl Zaffaroni. En marzo de 1999, se incorporó la figura del “diputado por el pueblo”, con terribles consecuencias para las minorías locales: de los 24 legisladores provinciales 14 son elegidos a razón de uno por municipio, y los otros diez por todos los habitantes de la provincia como un distrito único, y van en lista sábana. En la última elección, de 2007, el Frente para la Victoria logró 20 legisladores, y cuatro la oposición. Con el sistema anterior, la composición de la Cámara hubiera sido de 15 para el oficialismo y nueve para los opositores.
INVESTIGACIÓN: J.L. / LUCIANA GEUNA/ JESICA BOSSI.
Fuente: Crítica

Política, crispación y después...

Como lo mostró el impresionante adiós a Alfonsín, moderación, diálogo y consenso son palabras que hoy cotizan en alza en un electorado saturado de crispaciones. Los candidatos que encabezan las encuestas no gritan, evitan el tono de barricada y los discursos exasperados. Por qué el valor de la moderación rinde en los sondeos de opinión. Qué lugar ocupa en ese giro la clave generacional
Por Laura Di Marco

No fueron pocos los analistas que, al tratar de explicar la conmoción que provocó la muerte de Alfonsín, destacaron su capacidad para construir consensos, su actitud de tolerancia frente a la diferencia, la búsqueda de diálogo y la promoción de un cambio negociado. Leyeron en la conmovedora despedida que le tributó la calle el reclamo generalizado por una cultura política que invite a la mesura, a la moderación, un valor que hoy cotiza en alza en el mercado de la política argentina: si algo tienen en común los dirigentes que miden bien en las encuestas de imagen, Francisco De Narváez, Alfonso Prat Gay, Gabriela Michetti, Hermes Binner, Carlos Reutemann, Mauricio Macri, Julio Cobos y, en cierta medida, Daniel Scioli, es que no confrontan y tienen una forma consensual de resolver los conflictos.
Anoticiada de las nuevas preferencias, la Presidenta, que en un año de gestión ya había perdido entre 20 y 25 puntos en la aceptación popular, también empezó a moderar las formas y el discurso y, más allá de su éxito en ese terreno, lo cierto es que ha tomado nota del asunto. Un dato: delegó las negociaciones con el campo en Débora Giorgi y Florencio Randazzo, dos caras market friendly del Gobierno, en franco contraste con el intratable secretario de Industria y Comercio, Guillermo Moreno.
Como dice la politóloga Ana María Mustapic, los ciudadanos esperan que los gobiernos solucionen los conflictos, no que los generen y los mantengan abiertos indefinidamente. Pero la verdad es que Cristina y Néstor Kirchner no son los únicos que cansaron a la sociedad con el estilo altisonante de sus declaraciones. La imagen de Elisa Carrió, que tanto cautivaba a la clase media cinco años atrás, también se está desgastando y en su lugar crece, como contrafigura, la estrella política de Michetti: según una encuesta reciente de Julio Aurelio, Michetti tiene un 45 por ciento de aprobación frente a un 31 por ciento de Carrió. Una brecha que podría explicar, en parte, el paso al costado de la chaqueña.
Con semejante panorama y en vísperas de elecciones cruciales para el Gobierno, no son pocos quienes le aconsejan al propio Kirchner que abandone la confrontación todoterreno, algo así como exigirle un cambio de piel.
Sin embargo, nadie podría decir que Alfonsín no confrontó con las corporaciones de su época. Lo hizo y jugó fuerte. Sus políticas estaban lejos de ser híbridas y no fue un presidente pasivo, preocupado por mantener el statu quo.
¿Entonces? ¿De qué hablamos cuando hablamos de moderación? ¿De un estilo de tomar decisiones y ejercer el poder, del contenido de una política, de su comunicación? ¿Qué significado tiene, en el contexto actual, el valor de la moderación en la Argentina?
Cobos, por ejemplo, ¿es un moderado o su éxito radica en que no expresa sus ideas, por lo que cada cual puede proyectar en él el contenido que le plazca?
"La moderación -explica María Matilde Ollier, Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame y profesora de Historia en la UBA- puede expresarse en tres planos: el del discurso, el de la relación con los otros poderes del Estado y con la sociedad, y el de las medidas que toma un gobierno. En principio parecería que hay una demanda por moderación en el primero y en el segundo nivel. No estoy tan segura de que lo haya en el tercero. Si hay que tomar alguna medida "extrema" de política pública y el Gobierno "sabe" transmitir esa medida como una necesidad -digamos que la trasmite "moderadamente"-, puede llegar a tener consenso."
Así como De la Rúa, en el inicio del gobierno de la Alianza, ganó exhibiendo austeridad en claro contraste con el derroche menemista -una austeridad sobre la que construyó, incluso, su marketing personal, como por ejemplo cuando hizo aquel inolvidable aviso de campaña "Dicen que soy aburrido", para marcar diferencias con la fiesta menemista-, Kirchner sumó puntos exhibiendo la reconstrucción de la autoridad presidencial en contraposición a la anemia delarruista.
Austeridad v. obscenidad; autoridad v. debilidad y, ahora, moderación v. crispación, avasallamiento institucional y construcción de poder a cualquier precio.
"En democracia, los gustos políticos varían -dice Rosendo Fraga, consultor y director del Centro de Estudios para una Nueva Mayoría-; se gira de izquierda a derecha. En los EE.UU., entre republicanos y demócratas; en el Reino Unido, entre conservadores y laboristas; es lo normal. En la Argentina, estos cambios suelen ser más extremos -como todo- y, al no existir un sistema de partidos fuertes, el cambio se da más en la personalidad de los presidentes." El nuevo humor social
Los analistas consultados coinciden en destacar que el éxito político que, en su momento, tuvo la confrontación kirchnerista, no puede comprenderse fuera del contexto socioeconómico en el que estaba sumido el país "post crisis" de 2001 y la consiguiente bonanza consumista. Inexplicable, también, sin el telón de fondo de la inestabilidad política endémica.
Como dice el investigador Osvaldo Iazzetta, desde la Universidad Nacional de Rosario, "cuando las instituciones crujen y no disponen de capacidad para contener la incertidumbre, los liderazgos fuertes resultan decisivos. Sin embargo, eso que se reveló como parte de la solución bajo aquellas circunstancias puede tornarse en un escollo cuando, superada la emergencia, cambian las aspiraciones de esa sociedad. Pero no siempre esos liderazgos disponen de una elasticidad equivalente que les permita mantener sintonía con el nuevo humor social".
Es decir, lo que ha cambiado no son tanto los gustos o las convicciones políticas sino el contexto.
Desde Ecuador, donde vive, el consultor de Mauricio Macri, Jaime Durán Barba, está largamente entrenado para la lectura política de la Argentina. Fue Durán Barba uno de los promotores de nacionalizar la elección de Pro, con la ascendente Michetti a la cabeza de la lista de diputados. Durán está convencido de que los argentinos en general, y los porteños en particular, son sofisticados; no se conforman con comer. Como todos los occidentales avanzados, apunta, quieren vivir en sociedades respetuosas de la opinión ajena, en donde se pueda discrepar.
"Los caudillos sobreviven sólo en los países petroleros y en los más atrasados de la región. En las democracias más sofisticadas de América, los políticos aprenden que deben ser menos brutales que antes para lograr apoyo", recomendó.
Matilde Ollier, también integrante del equipo de politólogos de la Universidad de San Martín y miembro de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP), ubica el fin del estilo furia en el fracaso del combate con el campo y en la declinación de la bonanza económica. A partir de allí, empezaron a ganar terreno las figuras que trasmiten actitud de diálogo. ¿Marketing o convicción?
Cuando todos creían que se iban a terminar peleando, Francisco De Narváez y Felipe Solá consensuaron una lista común. Michetti creció políticamente sin confrontar. A Binner rara vez se le ha escuchado un exabrupto contra sus adversarios. A Reutemann rara vez se le ha escuchado una sola palabra. De Cobos, más allá de su voto no positivo, no tenemos noticias sobre sus ideas políticas. Prat Gay se encarga de transmitir una imagen de prudencia.
Son, todos, candidatos a quienes podríamos llamar moderados, al menos en su desempeño público. Macri tiene su propia Biblia: está convencido de que suma sólo hablando de lo bueno de su gestión, en lugar de gastar energía criticando los errores ajenos.
Pero, ¿se puede hablar de un "aprendizaje" de la dirigencia o los candidatos sólo se muestran así, consensuales, ahora, porque registran que hay una demanda social en esa dirección?
Para el politólogo Federico Montero, investigador del instituto Gino Germani, el auge de los políticos en "clave consenso" es tal que los hay para todos los gustos. Están los progresistas del consenso, como Binner y Juez; los peronistas, como Reutemann, De Narváez, Solá y, en cierta forma, el gobernador Scioli; los radicales como Cobos, y los liberales como Macri y Michetti.
Montero recuerda que la política consiste en construir un discurso que permita delinear, a la vez, una identidad y un adversario. Y, en esa línea argumental, parece claro que ciertos sectores de la oposición, que hasta ahora no habían logrado enhebrar un discurso efectivo, eligieron diferenciarse del kirchnerismo tomando distancia de la "crispación" e identificándose con los valores del "consenso".
Sin embargo, para Rosendo Fraga, ni Cobos, ni Reutemann ni Binner son un producto del marketing. Cree que siempre han sido así: "Ellos no cambiaron, la sociedad cambió", reflexiona. Y pone como ejemplo lo que él denomina el leading case de la moderación: Santa Fe, una provincia que, por primera vez, proyecta a dos figuras nacionales de partidos enfrentados, Binner y Reutemann. Dos figuras que, en su propio territorio, han tenido que compartir el poder y lo hicieron productivamente.
Tampoco el ecuatoriano Durán Barba cree que, en la Argentina, haya una influencia deliberada de un marketing de la moderación, por la sencilla razón de que, según él, las técnicas modernas de la política son incipientes por estas tierras. "La mayoría hace política antigua, o usa estas herramientas de manera elemental. La mayoría no tiene clara la diferencia entre un líder y una caja de cereal, y confunde las campañas políticas con campañas de publicidad -provoca-; los políticos de raíz populista son muy anticuados y no logran entender técnicas propias de la democracia abierta."
En las elecciones del 28 de junio, competirán muchos candidatos criados políticamente en democracia, desligados de la lógica y la historia setentista y sus secuelas difíciles de curar. Una pertenencia generacional que también los alimenta con valores de una cultura menos pasional y más dispuesta al diálogo y el disenso.
Es que la moderación también podría comprenderse como una idea que está en antagonismo con la de omnipotencia. Si la generación de los setenta creía que podía todo violentando el cambio, y la de los ochenta, desilusionada de los "ismos", creía que no podía nada, la nueva generación parece optar por un camino intermedio, por objetivos más modestos: ni todo, ni nada, sino logros concretos y puntuales.
Pequeños cambios, en lugares estratégicos, pueden acarraear grandes resultados.
Esa parece ser una de las verdades centrales en la nueva biblia de la moderación con la que comulga la nueva camada dirigencial. Un estilo que muchos ven como mero recurso de marketing y que otros proponen como un paso auténtico hacia una política menos tóxica.
© LA NACION

miércoles, 8 de abril de 2009

Cuidado con el mosquito 2

Afiches de la campaña de prevención gubernamental contra el dengue en Córdoba (Terminal de micros)

martes, 7 de abril de 2009

Adiós al mejor comunicador político de las últimas décadas

Alberto Borrini 
"Gracias a todos." El anuncio de la UCR, prueba de sus buenos reflejos políticos y evocador del "Ahora todos" con que el candidato Raúl Alfonsín cerró la campaña electoral de 1983, resaltó, de paso, una cualidad poco considerada de la personalidad del líder fallecido: su capacidad como comunicador, cualidad que también debería servir de ejemplo a políticos y funcionarios que ahora le rinden tributo, pero que incurren sistemáticamente en la grosería, la violencia y la agresión en sus comunicaciones.

Alfonsín fue el mejor comunicador de todos los presidentes que lo precedieron y sucedieron, de las últimas décadas. Su particular estilo provocó una fractura entre el discurso masivo y opaco del político tradicional, tronco del cual él mismo provenía, y el coloquial, cómplice, natural, que empleó durante su gestión.

Con la campaña que protagonizó, se inició la era profesional de la comunicación política en el país. Como estudioso del género, me pareció pertinente recoger en un libro las alternativas de la campaña que lo había reinventado, para poder analizarla en su contexto nacional e internacional, y compararla con las modernas campañas que ya se realizaban en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

El libro se tituló Cómo se hace un presidente (Ediciones El Cronista Comercial) y vio la luz en marzo de 1984. Fue el primero en su tipo en el país; de hecho, lo inauguró.Pese a que mereció dos ediciones, no tuvo el éxito editorial que habría tenido hoy; es que, por entonces, los spots, los debates y el controvertido origen de los fondos no interesaban, como ahora, a vastos sectores del electorado.

Mi relación con el profesional a quien Alfonsín confió la campaña, su correligionario David Ratto, facilitó mucho el trámite. En largas sesiones, repasamos los videos de todos los spots, alrededor de treinta, cuyos guiones fueron grabados e incluidos en el apéndice del libro, así como los textos del resto de la campaña.

De los varios capítulos, uno se consagró al aspecto económico; las compañas de todos los candidatos costaron ese año alrededor de 9 millones de dólares, cifra que tres lustros después, en 1999, se empinó hasta alcanzar el récord de más de 100 millones de la misma moneda.

Ratto, después de acordar con Alfonsín la forma de trabajo, convocó a colegas a los que sólo puso como condición adherir al ideario del candidato. Los que finalmente integraron el primer elenco creativo de la comunicación política profesional fueron Gabriel Dreyfus, Felipe Flischfisch, Horacio Genta y Marcelo Cosín. Otros correligionarios, Emilio Gibaja, Pablo Gowland, Germán López, tomaron a su cargo distintos aspectos de la campaña.

Los cuatro puntos

La confianza en la comunicación que profesaba Alfonsín se manifestó plenamente en la confesión que hizo a su asesor durante una de las primeras reuniones del equipo, en marzo de 1983. "Podemos ganar por 42 a 38. Pero estoy convencido de que esos cuatro puntos dependerán en gran medida de la publicidad", dijo. Ganó por una ventaja mayor, y la campaña, como previó, resultó una de las razones del triunfo.

Parte importante

Alfonsín actuaba como si la comunicación fuese una parte, y no precisamente la menos importante, de los hechos. Dejaba la impresión de que pensaba primero en el mensaje, en ese contacto con el público que consideraba fundamental. No era de la generación de los líderes televisivos; sin embargo, se movía ante las cámaras como si las hubiera inventado, con la misma naturalidad que en los mítines.

Las cámaras fueron las primeras en regodearse con los gestos y las miradas a sus amigos que precedieron al discurso de asunción en el Congreso; la televisión es antiprotocolar, y por primera vez se encontró con un presidente que parecía, en esa ocasión solemne, ser su cómplice.

El anuncio con que La Nacion lo despidió constaba de una sola palabra, "democracia", que, pese a su deliberada pequeñez, dominaba un gran espacio en blanco, símbolo de transparencia y honestidad; pero resultó, además, una alusión conceptual y amable a la campaña del líder fallecido, porque las letras RA, sus iniciales y de la República Argentina, resaltadas en el título en negrita (y también en el encabezado del mensaje posterior de la UCR) habían sido impresas en aquel famoso óvalo azul y blanco que constituyó uno de los aciertos de la campaña.

Por mero azar, la alusión a la publicidad de Alfonsín fue doble, porque el mensaje del diario fue creado por Fernando Fernández, un creativo consagrado, formado al lado de Ratto, que participó del clima de la campaña electoral, y que se considera uno de sus discípulos.

Fuente: La Nación

lunes, 6 de abril de 2009

Brasil ya está en campaña


César González-Calero 
LA NACION 

Brasil vive, para bien y para mal, de sus excesos. Y ahora el país se enfrenta a otro desafío gigantesco: sustituir al hombre que representa al espíritu del pueblo brasileño, ese que viaja en un pau-de-arara, el camión informal que traslada, como si fueran en un gallinero, a los empobrecidos trabajadores del Nordeste hacia el próspero sur.

Cuando falta todavía un año y medio para las elecciones presidenciales en Brasil, los posibles sucesores de Luiz Inacio Lula da Silva saben que el verdadero rival para batir es, precisamente, ese aura que envuelve al mandatario: el lulismo, un daguerrotipo perfecto del espíritu popular brasileño.

Si la Constitución brasileña se lo permitiera, Lula barrería de un plumazo a cualquier adversario en los comicios de octubre de 2010. Ni siquiera la crisis económica ha logrado erosionar la imagen de este ex obrero metalúrgico de 63 años que no tiene reparos en llorar en público si la ocasión lo requiere, o en reconocer en privado que el único libro que le ha enseñado algo en la vida es "el libro de la calle". Así es Lula. Ni de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. Populista o pragmático, según convenga. Capaz de adular a Fidel Castro sin que Washington se moleste por ello y de situar a Brasil con el bastón de mando en la región.

Pero el carismático líder, que finaliza su segundo mandato presidencial el año que viene, no podrá concurrir a las elecciones de 2010. Y la carrera por su sucesión ya ha comenzado. Una carrera incierta, en la que los precandidatos deben luchar primero contra la alargada sombra de Lula antes de batirse entre ellos mismos.

Hace ya unos meses que o rei Lula designó a su jefa de gabinete, Dilma Rousseff, de 61 años, como su sucesora. Desde entonces, según sus más cercanos colaboradores, no para de hablar de ella.

Rousseff, que todavía no ha sido ratificada como candidata oficial del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), nunca viajó en un pau-de-arara, como sí lo hizo Lula, pero tiene una biografía quizá más novelesca que la de su padrino político: fue una tenaz guerrillera que sufrió cárcel y torturas en los años 70, durante el régimen militar (1964-85).

Un pasado que, sin embargo, puede empañar su imagen actual. Según una información publicada ayer por el diario Folha de S. Paulo, Rousseff habría participado en un supuesto plan, nunca consumado, para secuestrar en 1969 al entonces ministro de Hacienda, Delfim Netto, hoy asesor económico de Lula. La ministra negó enseguida al mismo diario esa "versión fantasiosa" sobre su pasado.

A pesar de su reciente paso por el quirófano para suavizar su expresión facial, Rousseff no termina de despegarse de esa imagen diamantina de tecnócrata rigurosa. Consciente del escaso entusiasmo que todavía despierta Dilma entre la población, Lula aprovecha cada viaje oficial, cada anuncio presidencial, para "vender" a su protegida ante la opinión pública.

La oposición ya ha denunciado que el gobierno está en campaña electoral. Pero los precandidatos opositores también multiplican su presencia pública sin más razón que la de captar votantes. Y los dirigentes situados en la rampa de salida hacia 2010, los influyentes gobernadores de los estados de San Pablo, José Serra, y de Minas Gerais, Aécio Neves, aspirantes ambos a la candidatura de la principal organización opositora, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), calientan ya motores.

Las encuestas más recientes otorgan a Serra, que ya perdió ante Lula en 2002, una cómoda ventaja frente a sus rivales. Pero Rousseff sube cada día un peldaño en popularidad. En unos meses ha pasado de un 3 por ciento en intención de voto a un prometedor 13 por ciento.

Blogs y redes sociales

Pero si nadie reconoce que la campaña oficial ya arrancó en el "mundo real", no ocurre lo mismo en Internet, el espacio virtual donde naufragan todas las leyes del planeta. Los precandidatos Rousseff, Serra y Neves cuentan con varios blogs de apoyo creados por simpatizantes y con decenas de comunidades en las redes sociales virtuales. Pero ninguno de ellos admite relación alguna con los blogueros.

Uno de los sitios más activos es el denominado Blog da Dilma ( www.dilma13.blogspot.com ), que se actualiza varias veces al día con información sobre las actividades políticas de Rousseff. Sus creadores, que se declaran "independientes y de izquierda", aseguran contar con más de 7000 accesos diarios.

"El blog es una forma inteligente de que los usuarios de Internet puedan conocer a Dilma, y de perforar el bloqueo de los medios de comunicación. Según las encuestas, el 47 por ciento de los brasileños no conoce a la ministra", explica a La Nacion Daniel Bezerra, editor general del blog.

Para este activista bloguero, la inmensa popularidad que goza el presidente (por encima del 70 por ciento) no será un lastre para Dilma, como apuntan algunos analistas: "Sin duda, Lula va a transferir votos a sus candidatos. Y Dilma es la única que puede dar continuidad a los programas sociales del gobierno de Lula".

En ese optimismo de los simpatizantes del PT subyace, sin embargo, un profundo desconsuelo por la certeza de que, al menos en 2010, Lula no podrá aspirar a un tercer mandato. "Si pudiese, el pueblo votaría por Lula por tercera vez", comenta Bezerra. Pero el pueblo no podrá hacerlo por imperativo legal. Y el espíritu nordestino, el alma brasileña, tendrá que abandonar el Palacio del Planalto, aunque no lo haga ya en un pau-de-arara.


Fuente: La Nación

domingo, 5 de abril de 2009

Fundamentos discursivos del fenómeno antikirchnerista

Por Horacio Honzalez*

Me demoro un momento en un artículo reciente de Noticias, repleto de mala fe y forjado con el modelo de los afiches del far west: “buscados”. Se trata en él de lo que denominan las “usinas intelectuales del Gobierno”. Además de estar concebido como una orden de captura, su molde es la clásica retórica del periodismo amarillo: la suficiencia de un saber (“cómo funciona”); la presuposición de una confabulación (“la usina”) y el anuncio perdonavidas de un concepto prejuicioso y potencialmente persecutorio (“ideológica” del Gobierno). No nos sorprende esta conocida fusión entre periodismo y cacería. Pero como verdaderas herencias del amarillismo de derecha, mantiene pretensiones culturales. Es necesario entonces hacer otras consideraciones.

La pregunta sobre cómo se financia la “usina” pertenece al campo del amarillismo semiológico: algo se haría en sigilo, a nuestras espaldas, y necesitamos saberlo. Dicho en otras palabras, este periodismo del bajo folletín es también una degradación de la investigación periodística, convertida en una transposición de lo que se llamó así en el pasado inmediato. No desentrañar secretos y olvidos que afectan a una verdad, sino enmarañar la verdad para que se olviden los efectivos poderes que están en juego. La vieja expresión, amarillismo, forjada hace casi más de un siglo, presupone trabajar con el color más intenso para despertar las sospechas oscuras del folletín.

El sentido general de esta nota obtusa remite al esquema de fondo de la Editorial Perfil: las acciones sociales son investigables, por principio, en nombre de presuponerlas fundadas en una estructura general de corrupción. Quien las investiga es un neocruzado que hereda el amarillismo de la prensa puritana de finales del siglo XIX, en el que se piensa que el mundo sólo puede ser redimido por la homilía periodística. Todo ésto como recomposición del capitalismo ascético.

Las excepciones de Walsh en la Argentina y Raymond Chandler o Dashiell Hammett en Estados Unidos –donde la investigación la realiza un hombre débil, juguete de los acontecimientos y que termina pagando el precio de su osadía– no pueden ocultarnos que el poder periodístico más injusto y negligente es el que mantiene ahora el arquetipo de la revelación del escándalo.

¿Qué es el escándalo? La palabra proviene del griego skándalon, trampa u obstáculo para que alguien caiga. No deja de tener hoy esa acepción, pero bien entendido, es un reagrupamiento de sentido sobre los hechos presuponiendo su esencia en un insondable aquelarre. Hay que procurar los medios para que destilen lo que “encerraban”, para que suelten su enigma y se perciba la vergüenza de su lenguaje recóndito. Dejar a la vista el escándalo, o ver lo real en tanto escándalo, implica denunciar un lenguaje que no se acomoda a las lenguas habladas por el poder comunicacional más trivializado. He aquí Perfil y sus contratos de lectura, como diría Verón.

Por eso, para este tipo de amarillismo calificado, “escándalo” significa no tanto caer en la trampa, sino que todo hecho es una trampa y debe ser revelado como tal, si es posible, poniendo afiches en las calles contra los réprobos. Y es lo ocurre en los kioscos con la tapa de Noticias. Esa revelación es súbita, pública y supone un juicio sumarísimo por la prensa. La revista Noticias y el diario PERFIL son herederos de esta noción del escándalo, pero su aparente novedad es que también la aplican a la vida intelectual. La potencialidad escandalosa de la noción de lo “intelectual” –reconocidamente dificultosa: su mención siempre fue problemática– debe ser también revelada. De ahí las imprescindibles preguntas como “quiénes son y cómo se financian”, por un lado, y la atención que se presta a las vicisitudes que presenta el lado querellante del oficio intelectual, valorando los lenguajes que de allí provienen sin el habitual recurso a la “divulgación”. Esta es una paradoja interesante en el caso de Perfil, pues sostiene un interés en los estilos intelectuales y en ciertas aspiraciones de la crítica que no es propio de los sectores centrales de la prensa, que a su vez heredan la tradición de “darle al lector urbano, contemporáneo y de masas, lo que pertenece a su nivel de comprensión”. Este último –la estandarización– es el ejemplo de Clarín que no suele admitir niveles propios de la lengua intelectual. Este diario hace ingentes esfuerzos como instancia unificadora de lenguajes, para homogeneizar la escritura como acto de dominio pedagógico.

No es el caso de Perfil, que admite la hipótesis de la convivencia de una lengua específica con una lengua general –es decir, un periodismo que acepta planos heterogéneos– pero que suele reservarse el juicio final del escándalo (“cómo se financian”) cuando es necesario destruir un lenguaje elaborado con exigencias singulares con los afectos del lenguaje general de la sospecha. Sin vueltas, se trata del infundio como forma expositiva, la deformación de los actos como intencionada ruptura con la fidelidad narrativa y el arreglo de los hechos a una hipótesis moralizante, último refugio mendaz de esta técnica distorsiva.

En cuanto al artículo de tapa al que nos referimos, titulado “Cómo funciona la usina ideológica del Gobierno”, no importa que se desmienta la propia pregunta en el contenido de la propia nota: precisamente esa distancia entre la titulación (las encubiertas operaciones retóricas sobre el texto) y el texto mismo es un derecho que prácticamente todo el periodismo de masas se ha autorizado como parte de su ética basada en el jurisprudencia del escándalo. Esa distancia es el triunfo del periodismo moderno de masas, ante el fracaso de dirigirse realmente al lector ciudadano en el que había pensado el siglo XIX, que por respeto no era juzgado merecedor de tales distancias irracionales entre el cuerpo del texto y su presentación. Perfil ha abusado de esa distancia y la ha ampliado irracionalmente. Cuerpo y cerebro no se pertenecen: he allí su verdadero escándalo.

Sin embargo, todas sus notas se basan en fórmulas de la pesquisa decimonónica. Los detectives fueron inventados por una noble literatura de folletín de alto nivel, lo que fue denominado por Balzac la “comedia humana”. En el caso de Perfil, gira todo este material de “investigación crítica” de las “usinas” –viejo nombre que las derechas serviles le dan a la cultura y hacia todo lo que los afecta– hacia el amarillismo intelectual y remata con la noción central del grupo editorial: Caras. Hay caras. En efecto, su sinopsis de ideas periodísticas se resuelve en la revista Caras, que juega con la desconexión total de los hechos de la historia en virtud de la presentación del rostro (entendido como ideología resumida de la existencia) como una forma del escándalo. Tener un rostro es un escándalo. Hay que investigarlo.

Y así, rostros al borde de piscinas, fotografiados en sus casas para mostrar las vidas aprobadas, vidas hedónicas que son un signo de oscuro consuelo –antiquísima técnica de los poderes monárquicos, feudalismos que el gran periodismo verdaderamente crítico supo desnudar y superar– conviven con los rostros de los investigados, de los que cada domingo van a ser enviados al cadalso por Noticias y salvados en el purgatorio de Caras. Estos dos hemisferios complementarios posee la ideología de Fontevecchia. Todo cuanto trata presupone la condena o la salvación de un rostro. Ha descubierto algo fundamental, manejado turbiamente: las caras (o las noticias manejadas como rostros) son nuestro paso por el mundo. Verlos en un trono (“cómo vive tal o cual”) o afichar la ciudad con las fisonomías réprobas (“quién los financia”) es un grosero pensamiento. Amarillento, pegajoso, craso.

PERFIL tiene una columna que queremos comentar, la de Eliseo Verón, respetado profesor de una vastísima trayectoria, del cual recordamos sus comienzos en Cuestiones de Filosofía (una gran revista de comienzos de los sesenta, de la cual salieron sólo tres números), sus lecturas de Merleau-Ponty, luego cambiadas por las de Lévi-Strauss y luego una imaginativa semiología, una pletórica teoría del discurso, que sin embargo, poco a poco lo fue llevando hacia fuertes compromisos empresarios que no le quitaron su calidad intelectual sino –al menos para mí– su capacidad de interpelar a su tiempo y a los núcleos problemáticos más vívidos de la época. No decimos más, pues si decimos que cada mención de un nombre en los dominios de Fontevecchia es una denuncia que va hacia las mazmorras metafóricas o hacia la salvación hagiográfica, no incurriremos en el mismo estilo. Y recomiendo que siempre lo hagamos para elevar el nivel de relaciones críticas entre todos, se trate de quien se trate.

Verón, junto a Silvia Sigal, había escrito hace muchos años un libro muy importante, Perón o muerte, fundamentos discursivos del fenómeno peronista, en el que analizaba una lucha dantesca –no una comedia humana sino una divina comedia– entre Perón y los Montoneros, a través de la configuración enunciativa como retórica general de la existencia política. Magnífico y arbitrario, el libro deshistorizaba la lucha pero por otro lado, la politizaba en extremo, pues sostenía que la hipótesis de partida, un peronismo compartido entre distintas interpretaciones del mundo, sólo podía ser un malentendido que después resultó en una guerra. Consecuencia inevitable de una gran conflagración hermenéutica, basada en apropiaciones y desvíos de grandes narraciones que finalmente establecerían la fusión entre lenguaje y muerte.

El libro hoy podría ser escrito de otra forma, pues ideas como el malentendido y la figura del lenguaje como sujeto de las prácticas tienen valor duradero, y es obvio, están en toda la filosofía antigua y contemporánea. No inventó nada nuevo Verón pero lo expuso convincente y polémicamente, a la luz de los años alfonsinistas, que venían a reproponer la relación entre discurso y ciudadanía, expurgando malentendidos y dándole transparencia a la relación entre lenguaje y poder, esto es, creando ciudadanos y no figuras de guerra. ¿Fue así o no pudo ser así porque estas atractivas teorías del significado del lenguaje no pueden sin más resolverse en una pobre teoría política liberal?

Quizás no resumo bien un libro complejo, pero quiero ir a lo que ahora me preocupa. El artículo, o “columna” –según la denominación habitual– de Verón en PERFIL. Sale el mismo domingo en que la revista Noticias nos fulmina contra el paredón de los kioscos porteños. Su título es “Hagamos política”, y apelando a una asociación que llama inconsciente, cita al filósofo Jacques Rancière para afirmar una curiosa tesis que sin dudas está en Rancière, pero tratada por Verón a pedir de boca de ese número de PERFIL. Se trata, lo más finamente que se pueda decirlo, de llamar a votar contra el Gobierno (que hace, como todos, un tipo de política que Rancière ha llamado, recuerda Verón, de “policía”), pero no de un modo en lo que harán muchos ciudadanos, que como se sabe serán muchos, sino diría, –perdón por la redundancia– de una manera destituyente. Como esta palabra tiene sabor filológico, y ahora es de uso habitual, no veo mal recordarla.

Verón nos dice que en nombre de un festejo de la contingencia política, verdadera forma de irrupción en la disparidad social, habría que producir la cesura de la relación entre competentes e incompetentes. Se lo haría mediante una pregunta que llama provocativa y escandalosa: “¿Y si la democracia fuera el poder de cualquier persona, la afirmación de la contingencia de toda dominación?”. Por lo que una regla de azar, tirar los dados para ver quién ocuparía el máximo poder (dice estar pensando en la próxima elección legislativa), resolvería el hiato entre la política y la disparidad social que origina toda administración. Llama entonces a hacer uso de ese golpe de dados mallarmeano, diciendo sin duda respetar el republicanismo, pero se trata ahora de impedir que los “incompetentes” sigan gobernando.

La piel del artículo de Verón es interesante, su glosa de Rancière es aceptable, su argumento resulta atractivo y nos ilusiona con un trato complejo con la materia que invoca. Como siempre. Pero ahora –también habla de escándalo de este pensamiento, en el sentido de que se halla en un lugar que no tiene lugar: aceptamos– lleva el argumento hacia una convocatoria que no hubiera deslucido hace algunos meses en el Monumento a los Españoles –aunque Rancière, estimable filósofo, es francés– y la resuelve en un contingencialismo absolutista que termina volcando una interesante filosofía en una vulgar maniobra semiológica. Ante las elecciones, nos estaría sugiriendo que del conjunto de cuarenta millones de habitantes, y que no sufra el republicanismo, elijamos a uno al azar. La prosa es fina, la intención es grosera. ¡Quizás sale él! ¡Que lo nombre de ministro a Fontevecchia! ¿O habrá que aplicar también el azar para los ministros, si es que hay ministros?

Así como en Fundamentos del fenómeno peronista se lo ponía a Perón entre la opción del lenguaje autotransparente o la muerte –el análisis era sin duda interesante– ahora a Kirchner se lo pone –muchos años después, mucho más rápido, sin tanto artificio y apenas como un rápido comentario al autor de El desacuerdo– como un falso experto, un impostor que dijo estar capacitado, con lo cual “los fundamentos del fenómeno kirchnerista” vienen a coincidir con lo que Perfil viene diciendo hace rato. Ya se sabe. Hay que sacarlos rápido, no entienden la relación entre expertos y azar, disfrazan de gobernabilidad la urgencia (¿cómo, a Verón no le gustaba el azar, una forma del decisionismo y la urgencia?). Nada nuevo: ¡Fontevecchia y Rancière, un solo corazón! El sakándalon se ha consumado. Próxima entrevista de Caras: Rancière. Un hombre que nunca hubiera ido al Monumento anteriormente referido.

No estoy enojado sino un poco resignado, aunque la vida y la historia deberán refutar estas tosquedades, aún revestidas de una capa de finura intelectual. Escribo esta nota tan sólo para los amigos y para que circule –quizás con la benevolencia de éstos, por los medios habituales de reproducción en cadena–. Ya Ricardo Forster puso en su lugar a los mequetrefes. Sólo tengo para agregar que la miserable nota manoseadora no sólo tiene el error de inducir a una idea de lo intelectual que debería resolverse, según ellos, en ideas “no deshonradas” por cargos (en vez de suponer que ciertos cargos pueden cargarse, valga la redundancia, de fuerza intelectual), no sólo apila situaciones falsas armadas con prejuicios persecutorios, sino que infama a una figura como David Viñas, quien no participa de Carta Abierta aunque nos enriquece continuamente con su diálogo y su amistad. La verdad, sus noticias no tienen cara, no son buenos ni de perfil.

*Sociólogo y director de la Biblioteca Nacional.

Fuente: Perfil